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Hasta fines del siglo
pasado, las exitosas guerras defensivas dejaron a
la sociedad mapuche en una situación de aislamiento
cultural que favoreció el monolingüismo
de la población. De hecho, en la época
de la incorporación, la mayor parte de la población
era monolingüe de mapuche. A lo largo de los
últimos cien años esta situación
ha cambiado en el sentido de que el castellano se
ha impuesto casi universalmente entre los mapuches,
de modo que hoy la población es mayoritariamente
bilingüe.
El bilingüismo mapuche-castellano aparece como
un continuum entre dos extremos: mapuches monolingües
de mapuche y mapuches monolingües de castellano.
Los ancianos, especialmente los que viven en los sectores
más alejados de los centros poblados, están
en un punto que se aproxima al monolingüismo
mapuche. Por su parte, los que han emigrado de las
comunidades y residen en ambientes urbanos, están
en un punto del continuum que se aproxima al monolingüismo
castellano. En otras palabras, el uso predominante
del castellano parece ser función del grado
de participación en la vida nacional, en tanto
que el uso predominante del mapuche parece ser función
del grado de retención de la cultura vernácula.
Grueso de la población mapuche está
en los puntos intermedios del continuum. Algunos mapuches
hablan predominantemente mapuche y reservan el castellano
sólo para sus contactos con la población
hispana. Otros hablan predominantemente castellano
y usan el mapuche sólo cuando no tienen otra
alternativa. Los mapuches residentes en las comunidades
suelen estar en el primer caso: hablan castellano
sólo cuando viajan a las ciudades y deben interactuar
con hispanos para comprar, vender, hacer trámites
civiles o comerciales, requerir servicios, etc. Los
emigrados de data más o menos reciente suelen
estar en el segundo caso: hablan mapuche sólo
con ocasión de sus periódicas visitas
a sus parientes de las comunidades, especialmente
cuando éstos son ancianos. Esto significa que
para los mapuches el mapuche es la lengua para la
vida comunal tradicional y el castellano es la lengua
para el contacto con la sociedad hispánica
y la participación en la vida nacional. Una
situación tal de bilingüismo es inestable
en el sentido de que la supervivencia de la lengua
mapuche depende de la supervivencia de esta cultura.
La población no mapuche residente en la Araucanía
es monolingüe de castellano: no habla ni entiende
mapuche. No tiene la necesidad de hacerlo, ya que
como grupo dominante. puede prescindir de la sociedad
mapuche. En cambio, ésta no puede marginarse
totalmente de su participación en la vida nacional,
y la participación implica necesariamente el
uso del castellano. En otras palabras, la necesidad
de interacción viene desde la sociedad mapuche,
motivada siempre por su inserción en la sociedad
chilena, que es la que impone las reglas de la interacción;
entre otras, hablar castellano.
Así las cosas, la lengua mapuche es hablada
siempre por personas mapuches cuando interactúan
entre ellas en situaciones referidas a la cultura
mapuche tradicional, lo que normalmente ocurre en
el ambiente interno de las comunidades. Si hay un
hispanohablante involucrado en la interacción,
o si ésta está motivada por el contacto
con la sociedad hispánica, se habla castellano,
aun cuando el tema de la conversación sea la
cultura mapuche tradicional. Por ejemplo, dos mapuches
que están comentando las incidencias del último
partido de palin ("chueca") hablan mapuche,
pero si están conversando sobre los precios
del lupino en los poderes compradores, hablan en castellano.
Un mapuche describiéndole a un etnógrafo
un mito mapuche, o a un médico los síntomas
de una enfermedad, o a un funcionario sus necesidades
crediticias, habla en castellano. Más aún,
la sola presencia (real o potencial) de un hispanohablante
en la escena del diálogo, fuerza el uso del
castellano.
En estas condiciones, la lengua mapuche es la marca
objetiva más clara de tal identidad sociocultural:
lo habla solamente quien es mapuche, vive como mapuche,
y se expresa en relación a los aspectos mapuches
de su existencia personal.
Como el castellano es la lengua auxiliar para las
interacciones con hispanohablantes, los segmentos
poblacionales más afectados por el contacto
son los que presentan un mayor grado de bilingüismo:
niños en edad escolar, jóvenes y adultos
de ambos sexos. A medida que la gente envejece tiende
a espaciar sus viajes a la ciudad, permaneciendo la
mayor parte de su tiempo en las comunidades, con lo
cual revierte al monolingüismo mapuche, ya que
allí el castellano es superfluo. En las comunidades
los ancianos conviven con los niños preescolares,
a los que transmiten el mapuche. Pero los niños
son tempranamente
-aun antes de alcanzar la edad escolar- iniciados
en el bilingüismo por sus propios padres, quienes
suelen visualizar el buen dominio del castellano como
un poderoso instrumento de promoción social
en el mundo externo a las comunidades.
La escuela chilena ha jugado un rol central en la
adquisición del castellano y de las formas
básicas del comportamiento urbano moderno por
parte de la población mapuche. Aun cuando las
escuelas de la Araucanía están pautadas
según el modelo único para todo el país,
y, en consecuencia, no tienen ni planes ni programas
especiales para la atención lingüística
y cultural a las minorías vernáculas,
ellas representan una inmersión significativa
en la lengua y la cultura de la sociedad dominante.
En la escuela el niño queda expuesto a la lengua
y los contenidos culturales hispánicos. Allí
se asienta su bilingüismo, logrando un aceptable
equilibrio entre el mapuche y el castellano. Más
tarde, a partir de la edad juvenil, este equilibrio
se romperá según la orientación
de la vida individual.
El joven que emigra a la ciudad está, muy probablemente,
destinado a salir del bilingüismo en favor del
uso predominante del castellano. En cambio, el que
queda en las comunidades, mantiene más bien
el uso predominante del mapuche, mientras que su castellano
queda restringido al estatus de lengua auxiliar para
el contacto. Al quedar inmerso en el medio hispanohablante,
el mapuche emigrado a la ciudad mejora notablemente
su nivel de dominio del castellano, pero el desuso
deteriora su dominio del mapuche. El mapuche residente
en las comunidades, en cambio, no desarrolla su castellano
más allá de los niveles comunicativos
mínimos.
Por lo general, las personas en las que predomina
el mapuche presentan un castellano muy característico,
con notorias interferencias del mapuche en la pronunciación
y en la gramática, con estructuras gramaticales
relativamente simples y un vocabulario más
bien limitado. Suelen tener serias dificultades de
comprensión y de expresión en esta lengua.
Muchos manejan muy mal los aspectos pragmáticos
de la comunicación lingüística,
de modo que su comportamiento verbal resulta insatisfactorio
o chocante para la población hispanohablante.
La ruptura más dramática del bilingüismo
tiene lugar cuando en el ambiente familiar y comunal,
los mayores les hablan a los niños solamente
en castellano, prohibiéndoles sistemáticamente
el uso del mapuche. En estos casos, la única
lengua que los niños aprenden es el castellano
precario y aberrante que hablan sus padres. No hablan
mapuche ni hablan un castellano satisfactorio para
el mundo hispánico. Ultimamente esta situación
se ha extendido tanto en la Araucanía, que
ya se puede hablar de la existencia de un verdadero
dialecto regional del castellano, hablado por la población
mapuche y al que los especialistas llaman "castellano
mapuchizado" (Hernández y Ramos 1978,
1979), caracterizado por palabras castellanas, pero
pronunciadas, estructuradas y organizadas al modo
mapuche, y muchas veces usadas con un contenido semántico
mapuche. Este dialecto es visualizado por la población
hispanohablante como una manifestación lingüística
de segundo orden, frecuentemente ridiculizada en conversaciones
privadas y hasta en espectáculos públicos.
En las escuelas los niños mapuches se enfrentan
a serios problemas derivados de su particular estatus
lingüístico. Como ya quedó dicho,
las escuelas de la Araucanía están pautadas
sobre el patrón general para todas las escuelas
chilenas: la misma organización institucional,
los mismos planes y programas, el mismo tipo de personal
docente. La enseñanza se imparte, por supuesto,
en castellano, porque presupone un educando hispanohablante.
A este niño hispanohablante nativo se le enseña
a leer y escribir en castellano, y en castellano se
le enseñan los contenidos culturales hispánicos,
entre otros, castellano culto, gramática formal
y apreciación de obras literarias chilenas,
sudamericanas y españolas. Está claro
que en una escuela así no hay lugar para un
niño mapuche, que no habla castellano o que
habla un castellano mínimo. Es ilusorio pensar
en que un sistema educacional tan desajustado lingüística
y culturalmente con su población, pueda cumplir
adecuada y eficientemente sus objetivos específicos
y generales. La escuela rural en la Araucanía
debiera estar programada sobre el principio básico
de que nadie puede ser alfabetizado en una lengua
que no habla; o, formulado en términos más
generales, nadie puede ser educado en una lengua que
no entiende ni habla. Diversas configuraciones programáticas
y curriculares surgen de la aplicación de este
principio, pero pueden reducirse a dos posibilidades
extremas:
a) la población mapuche
deberá ser alfabetizada y educada en
mapuche, en tanto que se le enseñará
gradualmente el castellano con la metodología
de la enseñanza de las lenguas extranjeras;
o
b) la población mapuche
deberá ser alfabetizada y educada en
castellano, después de un intensivo
período de preparación en la
lengua oral que deje a los niños a
un nivel de competencia lingüística
equivalente al que tienen los niños
hispanohablantes al incorporar-se al sistema
educacional.
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La aplicación de estas soluciones
y, sobre todo, sus consecuencias para la vida de la
sociedad mapuche y de la sociedad nacional, tendrían
que ser objeto de cuidadosos estudios de planificación
lingüística y educacional.
Ya se dijo que los mapuches emigrados a las ciudades
tienden a salir de la situación de bilingüismo,
orientándose hacia el uso predominante del
castellano. A la larga, inevitablemente, llegan al
deterioro o a la pérdida de su competencia
lingüística en mapuche. Sin embargo, durante
la última década se aprecia entre algunos
mapuches de residencia urbana el surgimiento de una
muy definida actitud de lealtad hacia su lengua nativa,
cuya manifestación más relevante ha
sido el propósito deliberado de cultivar el
mapuche como lengua escrita.
Muchos líderes intelectuales mapuches visualizan
el cultivo escrito del mapuche como un medio para
asentar ante la comunidad hispanohablante el prestigio
de la lengua y de la identidad sociocultural mapuche,
y para preservar en textos escritos la cultura vernácula
tradicional, afectada -cuando no directamente amenazada-
por el impacto de la sociedad hispánica.
En respuesta a este interés, la Sociedad Chilena
de Lingüística ha llegado recientemente
a la proposición de un alfabeto mapuche, en
cuya elaboración trabajaron equipos de lingüistas
profesionales, líderes intelectuales, escritores
y profesores mapuches. Se aprovechó la experiencia
obtenida en la realización de talleres de lectoescritura
en mapuche llevados a cabo á partir de 1980
en la Universidad Católica de Temuco y en el
Instituto Lingüístico de Verano (Metrenco).
El alfabeto propuesto trata de conciliar la fidelidad
en la representación de la pronunciación
mapuche con las prácticas ortográficas
del castellano, con el propósito de minimizar
la interferencia del alfabetismo en mapuche con el
alfabetismo en castellano. Especial cuidado han tenido
los proponentes en obtener un alfabeto de uso cómodo
para los efectos de la escritura a máquina
y de imprenta. Dentro de lo posible, han procurado
no alejarse mucho del sistema ortográfico en
que están escritas las grandes obras clásicas
sobre la lengua y la cultura mapuches, escritas desde
fines del siglo pasado por el padre capuchino Félix
de Augusta y sus cohermanos'.
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