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Dentro del contexto actual
de desintegración de su cultura tradicional,
los últimos alacalufes conservan su lengua
vernácula, la que utilizan en todas las actividades
internas de su grupo. En sus contactos con miembros
de los otros dos segmentos poblacionales de Puerto
Edén, funcionarios y colonos -o incluso en
la sola presencia de éstos -utilizan invariablemente
el castellano (Clainis 1985: 28; Aguilera 1978: 22).
Esto significa que los alacalufes deben someterse
a hablar castellano, o sea, darse el trabajo de ser
bilingües. Los funcionarios y los colonos chilotes
son monolingües de castellano. Simplemente, ellos
dan por sentado, como cosa obvia, fuera de toda discusión
o cuestionamiento, que son los alacalufes los que
deben acomodarse a sus interlocutores hispanohablantes
en la situación comunicativa. Queda muy bien
reflejado un hecho fundamental: la identidad alacalufe,
con todos sus atributos -entre ellos su lengua -es
visualizada por los miembros de los otros grupos como
un agregado insignificante, cuando no definitivamente
indeseable. Los chilenos no tienen ninguna necesidad
de aprender la lengua de los alacalufes. En cambio
éstos no pueden sustraerse a la necesidad de
hablar castellano. Ellos dependen de los hispanos,
no a la inversa. De hecho, las interacciones entre
alacalufes e hispanos están siempre referidas
a la cultura nacional amplia o a la subcultura chilota
y motivadas por la necesidad alacalufe de incorporarse
a éstas, aunque sea superficial y momentáneamente,
por ejemplo para vender botecitos a los pasajeros
de un barco de línea, engancharse como tripulante
de un barco pesquero o pedir una donación de
ropa o víveres a una institución de
beneficencia.
Los alacalufes adultos hablan un castellano mínimo
(Clainis 1985: 28), mayormente modelado sobre el castellano
chilote, y apenas suficiente para interacciones pragmáticas
elementales con los hispanohablantes, tales como comprar,
vender, trocar y recibir instrucciones simples. La
competencia de los niños alacalufes es algo
mejor, principalmente por acción de la escuela,
pero como contrapartida, se aprecia algún deterioro
en su dominio de la lengua vernácula (Aguilera
1978: 23). Por otra parte, el desaparecimiento o la
disminución de los contextos sociales tradicionales,
por ejemplo, de las grandes partidas colectivas de
caza, tiene que haber tenido algún efecto destructivo
o desintegrador sobre la lengua vernácula de
los adultos mismos. Si la situación se agudiza,
podría eventualmente desembocar en la extinción
de la lengua vernácula. |