- IV -
EL PUEBLO MAPUCHE
CAPÍTULO PRIMERO
LOS MAPUCHE EN LA HISTORIA Y EL PRESENTE
2. La organización social de los antiguos mapuches
3. La invasión, destrucción y transformación
4. La cuestión de los Parlamentos
5. La sociedad mapuche al finalizar la colonia
6. La sociedad mapuche durante la República de Chile
6.1. Los primeros años después de la Independencia: entre la valoración y la negación del mapuche
6.2. La invasión de la Araucanía
6.3. La reducción
7. La Comisión Radicadora de Indígenas
8. La Comisión Parlamentaria de Colonización121
8.1. Los informes de los Protectores de Indígenas
8.2. Sobre los abusos cometidos por particulares en contra de los indígenas y la incapacidad de los protectores para defenderlos
8.3. Propuestas de transformación al Protectorado, para hacer más efectiva la acción de los Protectores de Indígenas
8.4. Lista de reclamos audiencias publicas138
9. Tierras y territorios mapuches
10. Las relaciones entre el Estado y los mapuches después de la radicación
10.1. Voces a favor de los indígenas
10.2. Las nuevas leyes. La actuación de las organizaciones mapuches
11. La Reforma Agraria y El Pueblo Mapuche
12. La lucha por el reconocimiento
1. El pasado precolombino
Las evidencias prehistóricas y arqueológicas muestran que el Pueblo Mapuche es resultado del desarrollo de diversos pueblos y culturas que en miles de años poblaron el territorio que actualmente ocupa Chile. Existe una continuidad de las tecnologías empleadas para hacer cerámica, dibujos, instrumentos y diversos utensilios, entre las antiguas culturas del centro norte del país y las del sur. Se trata de un largo camino donde poco a poco se fueron desplazando y expandiendo los conocimientos por todo el territorio.
Los datos aportados por la arqueología permiten señalar que el territorio chileno habría estado ocupado desde muy antiguo por grupos cazadores-recolectores, que se desplazaban a lo largo y ancho de él. Este desplazamiento ocurría, por lo general, por zonas más o menos estables. La base económica de estos grupos era en gran medida la caza de guanacos, huemules, y otros tipos de animales; la recolección de frutos como el piñón y el algarrobo, y moluscos en las zonas costeras. También se practicaba la pesca en ríos y algunos grupos se aventuraban en el mar. Podría plantearse de manera hipotética que uno de estos grupos se habría erigido por sobre los demás, difundiendo su cultura, fundamentalmente la lengua. Se sostiene que este grupo pudo ser externo al área chilena o que vivía desde antiguo en esta región. No lo sabemos. Sólo hay una cierta evidencia de que alrededor de los años 500 a 600 a. C. ya existía una cultura que se puede denominar mapuche1.
Estas evidencias que dan cuenta de la presencia del Pueblo Mapuche desde tiempos muy antiguos en estas tierras, le han restado validez científica a la hipótesis propuesta primeramente por Ricardo Latcham y luego reproducida por el historiador Francisco Antonio Encina, para ser finalmente transformada en doctrina oficial en los textos escolares. En ella se plantea la aparición de una "banda de origen guaraní", que se habría incrustado en medio de poblaciones no mapuches, anteriores a aquella. La tesis de la denominada "cuña araucana" tuvo por objeto explicar, en un período marcado intelectualmente por el evolucionismo, la belicosidad de los mapuches, afirmando que se trataba de un pueblo "nuevo" o "joven", de carácter conquistador y que habría venido desde el centro del continente americano, el Amazonas o las zonas cálidas del Chaco. Esta tesis desconoce la homogeneidad étnica y cultural que había en el territorio, y la explica como un proceso de dominación y sometimiento2.
Ahora bien, uno de los elementos que permite plantear hoy más claramente la influencia que ejercieron los grupos mapuches en una extensa zona del territorio chileno actual es, sin lugar a dudas, la unidad lingüística que logró configurarse en un momento determinado de la historia en las poblaciones que habitaban, al menos, entre los valles centrales y Chiloé. No existe claridad en torno al momento preciso en que se hace efectiva esta influencia; no se sabe cómo ocurrió el particular fenómeno de que todos hablaran la misma lengua o una muy semejante, que se unificaran en una extensión tan grande y larga, la mayoría de las costumbres, ritos y procedimientos sociales y políticos, sin tener un Estado centralizado; sin embargo, ya al arribo de los españoles es posible observar claramente este fenómeno.
A mediados del siglo XVI, una parte significativa del territorio chileno era ocupado por grupos indígenas que hablaban la misma lengua. Las crónicas de aquella época señalan que “... Desde el río Choapa hasta el archipiélago de Chiloé se hablaba el idioma araucano...”3. Existía una relativa homogeneidad cultural, que estaba dada por elementos que se podrían denominar genéricamente “araucanos”. Se dice relativa homogeneidad, pues, al parecer, existían ciertas diferenciaciones entre los innumerables linajes territoriales que componían la sociedad mapuche.
Aún así, es posible afirmar que desde antes de la llegada de los españoles, efectivamente había un predominio cultural mapuche por sobre la población que ocupaba el territorio comprendido desde los valles centrales hasta el archipiélago de Chiloé. Sin embargo, las diferencias culturales entre los distintos grupos que componían la sociedad mapuche, se acentúa durante la penetración Inka sobre estas tierras, fundamentalmente en la población de la zona central, la que, debido a esta influencia, se hallaba en un acelerado proceso de cambio cultural, como ha sido bien explicado en el numeral I de esta Primera Parte del Informe.
Dicha población había sido incorporada en la lógica económica del Tawantinsuyo, debiendo pagar tributo a los gobernantes incaicos que se establecieron en esas zonas. Además adoptaron la agricultura y los métodos de irrigación propios de los Inkas. Desde la perspectiva mapuche existía otro tipo de diferenciación reflejada en la utilización de distintos denominativos étnicos -etnónimos-, para hacer referencia a las poblaciones ubicadas en distintos puntos geográficos. De esta manera se habla de cuatro orientaciones geográficas tales como Huillimapu, donde a su gente se les denomina Huilliches; Pincunmapu, para hacer referencia al norte del Bío Bío, lugar de asentamiento Pikunche; Puelmapu, para hacer referencia a la población Pehuenche de la cordillera de los Andes y a los puelches, de allende los Andes; por último, está el Lafquenmapu, que hace referencia a la costa y a su población Lafquenche.4
Si bien todas estas poblaciones han formado y forman parte del Pueblo Mapuche, históricamente se ha sostenido que la población mapuche propiamente tal, es decir que se denominaba sólo con el etnónimo mapuche, se asentó desde el río Itata hasta el Tolten. Los Pehuenches, gente del Pehuen o Piñón, ubicados en el Este, en sectores precordilleranos y cordilleranos, del Alto Bío Bío, Lonquimay, y en una franja cordillerana desde los lagos Icalma al Panguipulli. Los Huilliches, instalados desde el sur del río Toltén hasta Chiloé; y los Lafquenches situados en la franja marítima extendida desde Cañete hasta el río Tolten5. Por último se habla de Pikunches cuando se hace referencia a la población que, a la llegada de los españoles, se ubicaba desde los valles centrales hasta el río Bío-Bío.6 (Ver Mapa Nº 19)
La penetración del, denominado por los españoles, Imperio Inca -Tawantinsuyo, en lengua quechua - alcanzó solo hasta la zona central; los grupos mapuches de más al sur opusieron una tenaz resistencia, lo que no permitió la dependencia o vinculación política a dicho Imperio7. En este sentido, se ha establecido convencionalmente que el río Maule se convirtió en una primera frontera mapuche. Entre el río Maipo y el Maule se estableció una zona de transición, y entre el Maule y el Itata, lo que hoy es Chillán, otra de protección y seguridad, que mantenían, vigilaban y cuidaban los mapuches del Bío-Bío.
Según cálculos basados en las descripciones de los primeros cronistas, la población mapuche en general se estima, a la llegada de los españoles, en un millón de personas, subdividiéndose de la siguiente forma: la población de los valles centrales habría oscilado entre las 40 y las 60 mil personas8. Al sur del río Maule la cantidad iba en aumento, llegando a establecerse un número cercano al medio millón de personas. Sin embargo, esta cifra se vio rápidamente disminuida a partir de los primeros contactos con los españoles debido principalmente, a las muertes provocadas por las epidemias y, en menor medida, por las pérdidas de guerra.
Por otro lado, la población mapuche situada entre el río Itata y el río Cruces -Loncoche-, se estima en medio millón de personas. Estableciendo un cálculo entre las dimensiones del terreno equivalentes a 5.4 millones de hectáreas y la cantidad de población que allí residía -500.000 personas aprox.- da cuenta de una densidad de un habitante por cada 10.8 hectáreas, lo que no constituiría una concentración exagerada, sino por el contrario, se trataría de una apropiación del territorio adecuada y complementaria al tipo de organización económica y política que poseían los mapuches en ese entonces9.
Es posible observar una relación directa entre la forma de vida mapuche y la utilización de los recursos naturales que existían en su territorio. Las actividades orientadas a la satisfacción del sustento alimenticio, combinaban tres formas de producción: la caza, la recolección y la horticultura.10 Estas actividades determinaban en cierta medida los lugares y tipos de asentamientos de la población. La horticultura estuvo centrada fundamentalmente en hortalizas y productos tales como la papa, el maíz, ajíes, porotos pallares, quinua, y diversas otras plantas cultivadas para permitir una alimentación variada y generosa como dan prueba los testimonios tempranos.
El hecho de haber desarrollado un sistema horticultor, consistente en una tecnología relativamente simple11, y que necesitaba por lo tanto de un clima generoso, permitiría
dar un tipo de explicación respecto al por qué la población se asentó preferentemente en extensos terrenos pluviosos del sur del país12. El tipo de agricultura utilizado por los mapuches, de tala y roce, requiere necesariamente de una superficie extensa, por lo tanto, sería incompatible con la formación de grandes y concentrados asentamientos estables, ya que está asociada al uso de pequeños lotes de tierra por asentamiento en cada época de cultivo13.
Otro criterio que guiaba el lugar de asentamiento se relacionaba con las otras dos actividades económicas, es decir la caza y la recolección. La población de preferencia se ubicaba en las áreas que tuvieran grandes recursos alimenticios, así los lugares más densamente poblados eran la zona de Arauco, la vertiente oriental de Nahuelbuta -Angol y Purén-, como también el extremo sur de dicha cordillera –Imperial-. En lo que hoy es Cañete, Lebu, Arauco, Contulmo y el lago Lanalhue, existía una población numerosa, sedentaria, establecida, donde las habitaciones se encontraban cercanas unas de otras.
Es entonces, en sectores como los mencionados, donde se concentraba la población mapuche; lugares de abundancia en recursos naturales, con lagos, ríos, mar y toda la flora y fauna asociadas a dichos ecosistemas, todo lo cual redundó en la conformación y desarrollo de un sistema económico que complementaba la horticultura, la caza y la recolección.
Lo anterior es un elemento clave para entender la organización de la vida mapuche anterior a la presencia hispana. Se trataba de una población, que si bien tenía un asentamiento relativamente estable, y poseía una concepción de territorialidad, no poseía el sistema de asentamiento característico de las sociedades agrícolas establecidas con poder centralizado. Desde la perspectiva de los estudios antropológicos, se plantea que la distribución espacial de los asentamientos de sociedades de tala y roce, como la mapuche, por lo general, está relacionada con el tamaño de dichas instalaciones de tal modo que los grandes asentamientos y áreas cultivadas mayores separan, necesariamente, un sitio del otro. De ahí que se hable de un tipo de asentamiento disperso, lo que no quiere decir que algunos de ellos no puedan alcanzar extensiones mayores14, ni tampoco que no exista un tipo de organización que cohesione a los distintos linajes.
Por otra parte, se sostiene que en los mapuches, anteriormente a la llegada de los europeos, es posible observar un tipo cultural de rasgos semejantes a los de las sociedades sedentarias, con un sentido de territorio circunscrito y demarcado; y, por otro lado, un tipo cultural que continuaba poseyendo la libertad propia del cazador-recolector, no inserto en la lógica de horarios de labranza ni al trabajo sistemático de las culturas agrarias; si no que frente a cuestiones como el trabajo y la economía en general poseen una lógica específica. Es decir una combinación que surge de la práctica de la horticultura y de las actividades de caza y recolección.
A la luz de lo anteriormente expuesto, el cuadro se torna más complejo para la comprensión de la sociedad mapuche, pues no se trata de asociarla a un estadio evolutivo similar al de las bandas de cazadores-recolectores, sin territorio ni organización claramente definida, ni tampoco a una sociedad agraria, con los asentamientos propios de estas ni con la libertad natural de los cazadores. Es desde esta contradicción social, de donde surge una de las explicaciones para entender el carácter libertario e independiente del pueblo mapuche; el que ayudado por una naturaleza generosa en recursos de permitió persistir, mucho más allá que otras, con características propias de sociedades cazadoras-recolectoras, y “... que no fuera pobre, ni discriminada, ni escasa en cuanto población.”15
2. La organización social de los antiguos mapuches
No es fácil saber cómo era la organización social de los mapuches antes de la llegada de los españoles. No es fácil por varias razones. La primera, radica en que las informaciones de la época provienen de los propios conquistadores, quienes ven y observan de una manera muy peculiar a la sociedad indígena. En principio, no pueden imaginarse que una sociedad sin Estado y organización centralizada les pueda dar la guerra e incluso vencerlos. Por ello tratan por todos los medios de comprender e inventar quizá una organización, como la que ellos conocían y habían dejado atrás en Europa. En general los indígenas fueron percibidos siempre desde una perspectiva fuertemente etnocéntrica, calificando las diferencias culturales de estos como carencias, calificadas como Behetría, término que se empleaba de manera recurrente para designar a las organizaciones de las poblaciones situadas en la frontera sur del Tawantinsuyo. Los indígenas fueron percibidos como grupos sin rey, sin fe ni ley, entidades sin historia, ubicadas en los márgenes de la civilización.
Por otra parte, tampoco es fácil comprender la organización social, dado que esta cambió fuertemente a lo largo de los siglos posteriores y, por lo tanto, lo que hoy día se recuerda y conoce como organización antigua es la del siglo diecinueve y evidentemente era diferente, y muy diferente, a la del período precolombino. Por estas dos razones es necesario ser muy prudente en el análisis. La importancia del tema es evidente y exige detenerse un instante.
Por lo general, los estudios antropológicos han coincidido en que las sociedades que han practicado un tipo de economía como la mapuche prehispana -tala y roce, junto a un sistema de caza y recolección-, poseen un tipo de organización social de comunidades pequeñas, dispersas, autónomas y carentes de centralización. Se sostiene que con estas características económicas, por lo general, las tierras son ocupadas por familias individuales, clanes o aldeas, y dificultan el advenimiento de una autoridad política centralizada que ejerza control sobre los recursos básicos16.
Una explicación para entender las razones por las que dichas sociedades no convergieran en un poder centralizado, es la de que la competencia de los distintos grupos por el control de la tierra genere guerras entre los distintos asentamientos, lo que a su vez impida la organización política entre los distintos grupos.17
Sin embargo, el hecho de contar con un territorio abundante habría impedido la generación de conflictos al interior de la sociedad mapuche; no había escasez de tierras por lo cual no tenía sentido una estricta demarcación territorial interna; la ganadería era incipiente, por lo que no había ganado para disputar o robar, y el sistema de producción no permitía la generación de excedentes, por tanto no había o existía escasa acumulación, lo que convertía el robo de alimento en una tarea más bien inoficiosa, todo lo cual reducía considerablemente los argumentos generadores potenciales de conflictos entre grupos. Quizá el único motivo de conflictos internos pudiera haber provenido del denominado “intercambio de mujeres”, sin embargo, estoes relativo, pues dicho intercambio contaba con principios y reglas claras entre las alianzas políticas de las familias o lof. Por lo demás, en la eventualidad que el “intercambio de mujeres”, pudiera haber sido causal de conflictos, no habría sido problemático antes de la llegada de los españoles; este hecho se podría haber acentuado con la disminución de población ocurrida inmediatamente posterior a dicha llegada; sin embargo, no es posible determinar si esto efectivamente ocurrió así, pues en ningún lugar se ha descrito a la sociedad mapuche colonial como una sociedad caótica o con características similares.
Ahora bien es necesario aclarar que cuando se señala que este tipo de sociedades, por lo general, poseen un tipo de organización social de comunidades pequeñas, dispersas, autónomas y carentes de centralización, no quiere decir, en ningún caso, que no exista una ordenación social más allá de los linajes. Sólo que el tipo de organización obedece a una lógica distinta a la occidental y, por lo mismo, y en el caso mapuche, fue y es escasamente comprendida por los observadores externos a dicha sociedad.
De esta forma, puede decirse que la estructura social y política de los mapuches antes de la llegada de los españoles, estaba constituida en su unidad más fundamental por la familia o por las relaciones establecidas entre las familias, que se habrían designado en lengua mapuche como ruka18o rukache. Existe consenso en que lo más probable es que la familia mapuche haya sido amplia y extensa, y donde primara un patrón de residencia basado en la patrilocalidad, es decir donde convivían todos, o la mayoría de los descendientes masculinos del padre o jefe de familia. De esta forma, las mujeres adoptaban la residencia de su esposo. Un nivel más amplio de integración social era el agrupamiento de familias, que podría ser entendido como un caserío, y que en mapudungun recibiría el nombre de lof.19 Al parecer el lazo que unía a las distintas familias era de consaguinidad, los integrantes habrían pertenecido al mismo linaje del lonko, sin embargo, cada familia conservaba una autonomía territorial, manteniendo, muchas veces, el patrón de residencia disperso20. La figura del lonko representa el liderazgo, se lo podría traducir como cabeza, principal, jefe, e ideas similares. Se trata de un tipo de "jefatura" en que el servicio a los suyos y el prestigio que eso redunda está en la base de su mandato y poder.
La organización social mapuche no había llegado al estado de una división del trabajo más allá de la familia amplia, extensa y compleja, que sería algo así como la única institución social permanente. Nada parece mostrar procesos de diferenciación social que estuvieran presagiando un sistema señorial, donde un grupo dominara socialmente sobre otro. Al no existir diferenciación social significativa, no se requería de sistemas de gobierno más allá de la unidad de producción y reproducción, que era la familia. Esto no implica la ausencia de estructuras sociopolíticas; pues en la documentación temprana aparecen relatos de diversos sistemas de alianzas, resolución de conflictos y, en definitiva, distintos niveles de integración social. Para regular conflictos, estaban los grandes sabios, viejos por lo general, que hacían las paces entre grupos, impartían justicia, daban consejos. Se llamaban toquis de tiempos de paz, pero no tenían más poder que aquel que les otorgaban las partes en conflicto. En la vida cotidiana eran como cualquier otro mapuche.
Existían también sistemas de alianzas, que se realizaban no sólo para la guerra, sino también para faenas económicas, como la recolección del piñón o los viajes de pesca en el mar; alianzas permanentes selladas por el parentesco -intercambio de mujeres-, y alianzas puntuales, para las que se elegía un toqui que dirigiera las faenas o la guerra.
Sobre estas instancias de estructura social y política mapuche, algunos historiadores, y muchas organizaciones y especialistas indígenas, han establecido ciertas hipótesis respecto a la estructura organizacional mapuche antigua. Las distintas instancias de alianzas de la sociedad mapuche, son conocidas, en mayor o menor grado, de la siguiente manera. Por ejemplo, se menciona como un nivel de integración por encima del lof, el quiñelob, instancia que habría integrado a varios lof, y en los cuales los miembros se prestaban ayuda y cooperación para las actividades económicas y de eventuales amenazas de guerra. Por encima del quiñelob estaría el lebo, la instancia “... donde se resolvían las cuestiones relativas a la guerra -incluyendo la formación de alianzas- y la paz, esto es, allí se ventilaban las cuestiones de política interior y de política exterior...”21. En la instancia del lebo también se desarrollaban las reuniones rituales de reproducción simbólica, cuyo centro ceremonial lo constituía el rehue.22 El Ayllarehue -nueve rehues- constituía una instancia, donde se resolverían conflictos de guerra. Esta unidad político-guerrera, al parecer no poseía un carácter permanente, incluso hasta en los momentos de guerra, cada lebo o rehue conservaba su autonomía y su capacidad de decisión.23 Sin embargo desde la perspectiva de los propios mapuches, los ayllarehues, eran instancias que trascendían la coyuntura de la guerra y que permanecían para el tratamiento de otros temas. Un nivel de integración social superior al Ayllarehue, lo constituye el futamapu o ‘tierra grande’, formado a partir de varios ayllarehues24.
Es necesario reiterar que estos sistemas más amplios no constituyen una organización social y política permanente, no hay toquis o ulmenes o loncos fuera del nivel familiar, que dominen territorios, grupos amplios; hay un sistema de regulación de conflictos
-justicia se podría llamar hoy día- y un sistema para hacer alianzas y emprender acciones comunes25. Aunque existen algunas divergencias respecto a este tema, podría plantearse como instituciones permanentes a la ruka o rukache, institución base, sobre la cual los mapuches estructuraron su sociedad. Otra unidad sociopolítica permanente de la organización de los mapuches, sería el lebo o rehue26.
Sin duda, se trata de una sociedad compleja, que vivía en parcialidades autónomas que en ocasiones se unían para diversas labores, que poseía instancias para uniones temporales, coyunturales y que, debido a sus abundantes recursos naturales no requirió la conformación de poderes centralizados como gobernantes, reinados, u alguna otra forma de centralización del poder; si no que conformó una organización social de acuerdo a las circunstancias específicas donde ocurrió su desenvolvimiento como sociedad.
En consecuencia, se puede caracterizar la sociedad mapuche anterior a la llegada de los españoles, como una estructura armónica tanto en sus relaciones con la naturaleza como internas. No es que se quiera ver al “buen salvaje”, viviendo en felicidad en medio de las selvas; sin embargo todas las evidencias obligan a concluir que la sociedad mapuche prehispana no era una sociedad de la escasez, ni tampoco sometida a la guerra permanente entre sus miembros. En definitiva, se trata de una organización social distinta, ni mejor o peor que la actual, sólo distinta; que estaba en una determinada situación frente a una naturaleza abundante en recursos, que le permitía crecer en tamaño y desarrollar adecuadamente a sus hombres, mujeres y niños. No son muchas las sociedades que en la historia han conseguido esto, y vale la pena señalarlo.
3. La invasión, destrucción y transformación
Con la llegada de los “huincas” se desencadenan procesos inéditos en estas tierras y que aún nos marcan. El proyecto de conquistar a los mapuches y sus espacios -sur del Bío-Bío- fracasa, dando paso a lo que la historia de Chile llama: la colonia27.
Los europeos avanzan hacia el sur con ánimo de conquista. Se producen enfrentamientos y un período marcado por la violencia, la guerra, la destrucción de la sociedad indígena. Esa historia es conocida. Sin embargo, la conquista fracasa reiteradamente. El Gobernador de Chile es muerto en la batalla de Tucapel y son despobladas las ciudades del sur incluyendo Concepción. Lautaro avanza hasta el Mataquito. Vuelven refuerzos españoles del Perú y se reinstalan los europeos en tierras al sur del río Bío-Bío. Los mapuches no se dejan vencer y son muy pocos los años que los españoles logran ponerlos a trabajar en las minas de oro, los famosos lavaderos de Quilacolla, Valdivia y Villa Rica. Continúan años y décadas de una violencia inusitada hasta que a fines del siglo XVI, un grupo de pureninos descubre al gobernador Oñez de Loyola en Curalaba o Curalaf y le da muerte, siendo el segundo Gobernador en caer muerto, transformándose la Guerra de Arauco en un caso único en toda la conquista de América.
La invasión y conquista hispana tuvo efectos similares en todo lo que es el continente americano. En Chile hubo una cierta resistencia al sometimiento español por los pueblos del norte y centro del territorio como se ha visto en el numeral “I” de esta Primera Parte del Informe; sin embargo sucumbieron a los ejércitos hispanos y terminaron por incorporarse a la lógica de dominación que los españoles traían; esto es, fundamentalmente, la incorporación de la mano de obra indígena al sistema de producción español, que asumió la denominación de encomienda28.
Sin embargo, los españoles no pudieron imponer su sistema en el territorio del sur de Chile, en territorio mapuche. Allí la dominación no surtió los efectos esperados por los hispanos, la conquista española fracasa; la respuesta se encuentra en la férrea resistencia militar que opuso el Pueblo Mapuche; situación que cambiará drásticamente el sistema de relaciones que deberá asumir la Corona española respecto de aquel.
Los mapuches, entonces, logran resistir la ocupación española. Logran sobreponerse a la penetración inicial de los hispanos, al establecimiento de los primeros fuertes y ciudades -Tucapel, Purén, Angol, Imperial y otras- en su territorio y de la distribución de su población en encomiendas. Después de numerosas batallas y hacia fines del siglo XVI, los mapuches logran la expulsión y el afianzamiento de una autonomía política y territorial sobre el espacio de la Araucanía. (Ver Mapa Nº 20)
Posteriormente al alzamiento de Curalaba29, los españoles, al no poder penetrar los territorios mapuches, se ven obligados a constituir y fortalecer una frontera en los límites que señala el río Bío-Bío. A partir de aquí, la corona española se ve obligada a reconocer la zona ubicada al sur de dicha frontera, como un territorio autónomo perteneciente a otro pueblo, que la llevará a entrar en una dinámica absolutamente inédita en el resto del continente; lo que ha sido conocido por los historiadores como “La Frontera”30.
En síntesis, los mapuches, poseen la admirable peculiaridad de haber permanecido independientes de España por espacio de más de 260 años. A pesar de todos los intentos realizados por los españoles, los mapuches, gracias al equilibrio militar que presentaron a los ejércitos castellanos, lograron mantener su independencia.
Las explicaciones que se han dado para entender esta resistencia de los mapuches frente a los españoles, inédita en la historia americana, han sido muchas y variadas. Se ha hablado latamente de una supuesta condición racial de los mapuches que los coloca por encima de otros pueblos en su condición de hábiles guerreros, así se ha llegado a hablar de un “espíritu guerrero” o de “raza militar”. Hoy en día, los estudios de Antropología han demostrado que no existe ninguna información que pueda establecer una relación de correspondencia entre los componentes biológicos hereditarios del ser humano y su comportamiento cultural. Es decir, las conductas, comportamientos y habilidades de un determinado pueblo, no pueden ser atribuibles a su condición genética ni nada que se le parezca, sino que dichas expresiones son el resultado de su adaptación a su entorno, su recorrido histórico, su relación con otros pueblos, en fin lo que en términos antropológicos se denomina cultura31.
En la actualidad, cuenta con bastante aceptación un tipo de explicación que fundamenta las razones de su victoria militar, en el tipo de organización social mapuche,32. A diferencia de los inkas y aztecas, que poseían gobiernos centralizados y divisiones políticas internas, los mapuches tenían una estructura social no jerarquizada, sin poder central, siendo cada familia una unidad independiente. En los primeros casos, los ejércitos españoles golpearon el centro del poder político y, al conquistarlo, se aseguraron el dominio del Imperio. En el caso del Pueblo Mapuche esto no era posible, ya que su conquista y sometimiento pasaba por el de cada una de las miles de familias independientes.
Para los españoles, entonces, la existencia de una estructura sociopolítica mapuche que no era centralizada y que, por tanto, no pudiera obligar a sus miembros a obedecer, constituyó el principal obstáculo para su conquista.
Al llegar los españoles, y observar desde una mirada etnocéntrica a los mapuches, fijan su atención en todo lo que aquellos no tienen, con relación a la cultura europea. Para empezar observan esta carencia de poder centralizado, y luego, la ausencia de la figura omnipotente y omnisciente del Dios cristiano, lo que significaba que los indígenas estaban incapacitados de distinguir entre el bien y el mal. Esta doble ausencia de un poder claramente definido en el mundo terrenal y también en el mundo celestial, para el español “implicaba lógicamente la inexistencia de la ley. Hundía a estas sociedades en la más total confusión y la más grande inestabilidad... ”33.
Ahora bien, a pesar de la mirada fuertemente etnocéntrica de los hispanos acerca del Pueblo Mapuche, el hecho de no poder conquistarlo los habría obligado a reflexionar permanentemente sobre los mecanismos que lo estaban imposibilitando Esto necesariamente condujo a los españoles, a fijar su atención sobre las características organizacionales de este pueblo. Respecto a ello, dos son los aspectos más relevantes que aparecen en los documentos de la época y que hacen referencia a la organización política de los antiguos mapuches: en primer lugar, el tipo de asentamiento disperso, y la guerra como reacción frente a la invasión europea. Los españoles notaron que si bien en tiempos de paz los grupos vivían en relativa autonomía e independencia, para la guerra se reunían bajo la autoridad de un solo jefe34.
Lo anterior pretende demostrar que si bien a los ojos hispanos la sociedad mapuche se presentaba como una sociedad caótica, sin estructuras políticas, el análisis más detallado permite observar que sí poseía mecanismos de articulación sociopolítica; la diferencia radica en que estos mecanismos eran distintos a los de los españoles y que estos no tuvieron la capacidad de comprenderlos35. De este modo, debido a dichos mecanismos, la corona española se vio en la necesidad de modificar sustancialmente las estrategias de dominación que hasta el momento del contacto con los mapuches le habían reportado exitosos resultados, y tuvo que entrar en una negociación que la obligó a reconocer a los mapuches como actores distintos con los cuales debía negociar, cuestión que queda reflejada en la política de los parlamentos.
Sin embargo, antes de pasar al tema de los parlamentos es necesario decir algo respecto a cómo la llegada y guerra contra los españoles significó importantes cambios para la sociedad mapuche. Puede decirse, en primer lugar, que la guerra transforma de manera radical a la sociedad mapuche. Para empezar ocurre un abrupto descenso en el número de población, debido a los muertos en batalla, pero sobre todo, a los muertos por las pestes que traían consigo los españoles. La sociedad mapuche que hasta ese momento era cazadora, recolectora, y horticultora, se transformará en una sociedad guerrera, y en la que comenzará a tener una importancia creciente la maloca36. En este sentido la importancia que tiene la incorporación del caballo español a la cotidianeidad del Pueblo Mapuche es fundamental. Los mapuches rápidamente dominan las técnicas ecuestres transformándose en grandes jinetes, cuestión que se transformará en un arma determinante durante la “guerra de Arauco”; pero también el caballo condicionará el tipo de economía que van a adoptar los mapuches después de la guerra, significará cambios en el tipo de desplazamiento y también será objeto de intercambio. Así los mapuches se irán transformando en una sociedad ganadera, extenderán su territorio desplazándose hacia las pampas del actual territorio argentino, “araucanizando” a los grupos trasandinos.
A pesar de los innumerables cambios que sufrirá la sociedad mapuche, muchas de sus instituciones ancestrales logran mantenerse, por ejemplo el asentamiento disperso se mantiene, los mapuches no necesitaron formar pueblos. Por otro lado, logran permanecer sin la necesidad de constituir una organización política que centralice el poder, por tanto se mantiene el derecho de cada familia a decidir en forma autónoma e independiente37.
En fin, esta primera etapa de contacto entre españoles y mapuches está marcada por la guerra, finalmente favorable a los mapuches, a pesar del costo brutal que significó el exterminio de la sociedad indígena prehispánica. Al fracasar la lógica de sometimiento hispano, se inaugura una segunda etapa en la relación mapuche-español que está marcada por la política de los parlamentos. Este hecho, indudablemente provoca cambios en la sociedad colonial española, y también genera una reflexión interna mapuche, que lleva a una autoconcepción distinta pues ahora hay un “otro” distinto frente a ellos. Con la política de los parlamentos, se producirá una suerte de reconocimiento del “pueblo-nación” mapuche y de una frontera entre ambas naciones. Sin embargo, dicho reconocimiento será un mal menor, pues ambas partes desearían la desaparición del otro en un todo mayor que los incluyera. En este contexto de frontera, cuyo límite es la guerra -su fantasma-, se da un mestizaje -al revés y al derecho- que no logra superar la barrera entre ambos pueblos, sino que produce todo lo contrario: un blanqueo y una mapuchización38.
Una lectura posible de todo el proceso que origina los parlamentos es ver cómo los mapuches aparecerán desde siempre como arquitectos, co-protagonistas en toda la configuración de la Frontera; no son simplemente objetos del accionar hispano, sino, por el contrario, co- protagonistas de esta historia. En este sentido, el eje que permite comprender por qué el sujeto mapuche entra en esta red de relaciones, es el eje de la reciprocidad, las relaciones de respeto mutuo; el mapuche quiere evitar la guerra y busca un pacto de co-gobernabilidad que le permita convivir de manera pacífica con los españoles; todo lo cual queda reflejado posteriormente en el sistema de convivencia, en el régimen de parlamento, y en todo lo que es el desarrollo de una política para la región.
Es decir, toda la institucionalidad surgida en la frontera, desde el siglo XVI en adelante, es una institucionalidad gestada en ese espacio a partir del diálogo entre los actores; y en este sentido, entonces, el mapuche no habría sido nunca un objeto de conquista, sino al contrario, un sujeto que resiste la guerra, y que después de ganarla, muestra una inmensa capacidad de diálogo en la consecución de acuerdos que le permitan vivir pacíficamente39.
4. La cuestión de los Parlamentos
La guerra entre mapuches y españoles deja como primera consecuencia una demarcación fronteriza en el Bío-Bío. Desde ahí, las relaciones entre ambos pueden ser calificadas como de una tranquilidad relativa. Si bien los ejércitos hispanos no pueden entrar al territorio del Pueblo Mapuche, se va produciendo una lenta penetración de criollos y mestizos hacia dicho territorio, acompañada por el incremento del comercio entre los mapuches y quienes ocupaban la frontera norte. Por otro lado, comienza una tarea pacificadora realizada por misioneros jesuitas, encabezada por el Padre Luis de Valdivia40 la que, sin embargo, no logra reunir a mapuches y españoles.
Después de algunos encuentros entre ambos actores, que toman el nombre de Parlamentos41, se produce uno de los más significativos. Este encuentro es conocido como las paces de Quillín, y tendrá lugar 91 años después de iniciada la “guerra de Arauco”. Los acuerdos de este parlamento son los siguientes: se reconoce como frontera el río Bío-Bío y la autonomía del territorio mapuche. Los españoles deben despoblar la ciudad de Angol, y los mapuches se comprometen a no vulnerar la frontera, devolver a los prisioneros y dejar predicar a los misioneros en su territorio.
A pesar de este acuerdo, continuó la tensión de la guerra, tensión que de pronto explotaba y se expresaba fundamentalmente en campañas que iniciaban ejércitos reales hacia el interior de la Araucanía en épocas de verano “... ya para escarmentar a un grupo de mapuches por un supuesto atropello, o simplemente para hacer “piezas”
-cautivos- que eran vendidos como esclavos en Santiago o a los encomenderos del norte del país... ”42. La paz solo se habría logrado consolidar con posterioridad a la sublevación de 172343.
Sin embargo, es en la Frontera donde se configura un cuadro de relaciones que trascendieron el límite geográfico marcado por el Bío-Bío; es posible observar un nuevo escenario de las relaciones mapuche-españolas, en el que por sobre la guerra va a dominar una paz “parlamentada” que permanentemente está a punto de romperse, como muchas veces ocurrió. Sin embargo, es también un período en el que a diferencia del anterior, era posible llegar a acuerdos.
Ahora bien, ni la paz parlamentada, ni las relaciones fronterizas que existieron y la acompañaron, transformaron a los mapuches, ni debilitaron su identidad. Por el contrario, los obligó a desarrollar un discurso cada vez más diferenciador frente a los criollos, mestizos y diversos grupos sociales que formaban parte de la sociedad no indígena44.
Es necesario detenerse un momento en el tema de los parlamentos. Tradicionalmente se ha entendido el parlamento como una estructura sociopolítica implantada por la corona española, y que, por lo tanto, supone un mecanismo de aculturación y subordinación de los mapuches hacia los españoles. Sin embargo, un análisis diferente, podría liberar al parlamento de esta perspectiva unidireccional, considerando el carácter interactivo de todo contacto interétnico45.
Las relaciones fronterizas no sólo están determinadas por la forma de dominación de la institucionalidad española, sino también por los mecanismos de contacto que existieron, y en el caso del parlamento, estaría muy presente la influencia de la estructura sociopolítica mapuche. El parlamento en última instancia sería una institución híbrida y transcultural establecida entre dos actores étnicos distintos. El parlamento es, sin duda, un instrumento de contacto que usaron los españoles; sin embargo, también es posible plantear que se trata de un instrumento utilizado por los mapuches que les permitió establecer relaciones con los hispanos de acuerdo a sus propios criterios. Incluso podría decirse que los españoles, incapaces de imponerse por la fuerza, “cayeron en la trampa” de las formas de negociación indígenas, y no les quedó otra alternativa que aceptar “protegidos” por el término “parlamento” un tipo de encuentro ritual que los mapuches practicaban mucho antes de la llegada de los españoles y que estos calificaron despectivamente de “borracheras”46.
A pesar, entonces, de que para los ojos occidentales no fuera posible captar las instituciones de la estructura social y política del Pueblo Mapuche, existía una organización sociopolítica detrás de los cahuines y borracheras que describen los primeros españoles, y que no eran más que las juntas de guerra donde se establecía el sistema de jerarquías y poder, el sistema de gestión y organización en función de la tarea por todos acordada. Se trataba de una centralización funcional del poder político; así los mapuches poseían una instancia para resolver las necesidades y conflictos que se generaran47.
Lo interesante de todo esto es que durante la colonia se habría logrado constituir un equilibrio entre dos "naciones independientes", que mantenían relaciones, pero eran autónomas y se reconocían mutuamente. Esto, no debe ser idealizado, pues coexiste junto al deseo de hacer desaparecer al otro -en un todo mayor que los incluya-. Sólo que al no poder conseguirlo, se establecen relaciones más horizontales, en las que permanece la obligación de parlamentar con el otro. Y además se insiste en la idea de que se había llegado a una convivencia relativamente pacífica, la que será rota como consecuencia de la irrupción del Estado chileno en la Araucanía, a fines del siglo XIX.
De esta manera, mapuches y españoles convivieron en la Frontera desde el siglo XVII al amparo de una complementariedad que contuvo el conflicto y favoreció las relaciones pacíficas (Ver Mapa Nº 21). Se crea un sistema de gobernabilidad basado en una complementariedad, que habría generado una “... interesante integración regional al interior del espacio y de este con el resto del sistema colonial, configurando una realidad regional muy dinámica, con protagonistas que supieron aprovechar los beneficios de esa complementariedad...”48.
Las organizaciones indígenas mapuches han asumido con mucha fuerza la importancia de los Parlamentos, como fuente de legitimación de sus demandas territoriales y culturales. Desde una perspectiva histórico-jurídica, se sostiene que los parlamentos que tuvieron lugar durante la colonia, dentro de los cuales destacan el de Quilin de 1641 y 1647 y más tarde el de Negrete -1726-, significa un reconocimiento del estatus independiente del Pueblo Mapuche y de su territorio, la Araucanía. Si bien es cierto que en estos tratados los mapuches debieron asumir múltiples obligaciones, los parlamentos coincidieron en reconocer la frontera en el Bío-Bío, la que ninguno podía cruzar sin el permiso del otro, diferenciando así los territorios y jurisdicciones de ambos pueblos. Se trataría entonces, de un tratado internacional entre naciones soberanas. En los últimos años ha sido apoyado por distintas instancias nacionales como internacionales 49.
El debate acerca de la importancia jurídica contemporánea de los Parlamentos indígenas está planteado no solamente en Chile. En el caso del Acuerdo de Waitangi, entre los Maoríes de Nueva Zelanda y la Corona Británica, como en muchos otros, la Corte Suprema de ese país lo ha reconocido, no como tratado internacional, sí como un elemento de criterio en el análisis de los debates, juicios y asuntos relacionados con los Pueblos Indígenas50. En el caso chileno, los tribunales los han desestimado cada vez que han sido presentados como argumentación. Los elementos y argumentos aquí entregados, muestran que los Parlamentos deben ser analizados como evidencia
jurídica, que se trata de una relación reconocida y respetada y aunque aún no tengan valor probatorio en los tribunales debieran ser tomados en cuenta como un antecedente de la mayor importancia frente a situaciones de controversia contemporánea.
5. La sociedad mapuche al finalizar la colonia
Como ya fuera señalado, entre el siglo XVII y la primera mitad del XIX, la sociedad mapuche sufrió transformaciones importantes respecto al periodo prehispánico. El contacto, primero a través de la guerra y después a través del comercio, transformó a la sociedad indígena, y también a la colonial criolla. Muchos mapuches, huyendo de la expansión hispana, comenzaron a refugiarse en la cordillera de Los Andes. Por otra parte, la incorporación de diversos elementos externos a ellos mismos fue modificando esta sociedad, convirtiéndola en ganadera, lo que también contribuyó a la expansión de sus fronteras allende los Andes. Se produce un proceso que ha sido denominado de “araucanización de las pampas”, que permitió controlar los pasos cordilleranos para así arrear el ganado desde el sector actualmente argentino. Esto provocó que el territorio ocupado por los mapuches tuviera una extensión trasandina51.
Efectivamente, durante el siglo XVIII y sobre todo la primera parte del siglo XIX, hasta la década del setenta, los mapuches dominaron y ocuparon para sus actividades pastoriles, ganaderas, cazadoras, un territorio enorme, quizá el de mayor tamaño que un grupo étnico o pueblo indígena haya controlado en toda América. (Ver mapa Nº 22).
El ganado equino, vacuno y ovejuno se multiplicó rápidamente en la Araucanía. No mucho tiempo después del triunfo de Curalaba, los mapuches tenían más caballos que todo el conjunto del ejército español. En el proceso de cuidado y reproducción del ganado, los mapuches, en busca de pastos y animales para comerciar, se fueron internando en la cordillera de los Andes, intensificando las relaciones con la población pehuenche, y siguieron incursionando en las montañas hasta llegar a las pampas trasandinas, ocupándolas plenamente a fines del siglo XVIII. El viaje hacia y desde las pampas tenía una motivación principalmente económica: la búsqueda del ganado para su venta en la frontera con Chile central y también de sal.52
Estos viajes a las pampas han quedado en el recuerdo del Pueblo Mapuche. Eran tiempos de abundancia, se trataba de viajes preparados con anticipación. Se cambia la ruca por el toldo, en fin, hubo una serie de trasformaciones que han quedado en la memoria de los mapuches. En un estudio reciente, se sostiene que esta relación de los mapuches de la Araucanía con las pampas argentinas, pasó a formar parte constitutiva de la identidad étnica mapuche lo que es posible de comprobar por los significados que llegó a adquirir el viaje de los hombres hacia el Este. “Tal situación se puede percibir hasta los tiempos actuales en relatos orales de personas mayores. El recuerdo de los viajes a las pampas está adherido a la memoria mapuche y se expresa en la elaboración y uso de un corpus lingüístico específico para referirse a él53.
El desplazamiento hacia las pampas fue un imperativo que se generó a partir de las presiones producidas por la guerra con los españoles, pues hasta antes del siglo XVII los contactos mapuches con dichas áreas habrían sido mínimos, sin embargo, una vez que se produce la consolidación de los viajes pampeanos, a través de numerosas rutas llamadas rastrilladas, la población mapuche de la Araucanía como de las pampas, consolida un espacio en el cual logra una armonía con la naturaleza, dependiendo sólo de los productos que logran producir y reproducir en esos entornos ecológicos. Se trata sin lugar a dudas de un territorio amplio y abundante en recursos naturales, ideal para la cría de ganado. De esta manera la sociedad mapuche experimenta cambios profundos en su estructura social. El cambio más radical, como fuera dicho, afectó la esfera económica, donde puede observarse la apertura del proceso productivo a nuevas áreas, a saber: la ganadería, la maloca -empresa de pillaje en busca de ganados ajenos, fundamentalmente hispano-criollo-, y el comercio. Estas nuevas actividades modificaron la división sexual del trabajo, pues el hombre mapuche centró sus actividades hacia el exterior, dejando las domésticas para el desempeño femenino. El mapuche durante el siglo XVIII es un maloquero y conchavador; es decir, se dedica a las malocas en distintas estancias fronterizas, ya sea del lado chileno como argentino, y después las comercia en los puestos fronterizos.54 Las mujeres se dedican a las actividades domésticas, y son además las encargadas de tejer los ponchos que después se venden en las fronteras.
Otra consecuencia de esta expansión territorial de los mapuches y de su producción ganadera fue que, a partir de las nuevas relaciones económicas, se produce una transformación en su estructura social y política, lo que condujo a una creciente jerarquización social y centralización del poder político. Comenzó a generarse una marcada división social entre caciques -lonkos-, y guerreros -lanzas, conas-. Empezó a producirse una alta concentración de los ganados y conas, luchando por el control de
los pastos -territorios amplios de talaje-. Unos pocos caciques fueron adquiriendo mayor influencia y mayor riqueza acumulada, y empezaron a formarse alianzas entre distintos lonkos, provocándose verdaderas formas germinales de centralismo político. Respecto a ello, “... la alianza entre los arribanos, pehuenches y pampas de Calfucura, dominaban las tres cuartas partes del territorio. Se había unificado el mando y el “Ñidol Lonco” era cacique tanto en tiempos de paz como de guerra... ”55. Se da una transformación de los caciques mapuches, de “Gran Hombre” a “Jefe”, puesto que ya no es en la guerra donde se basa el liderazgo político mapuche, sino en el área económica, especialmente por medio de la acumulación de un capital económico; en el área política, en los parlamentos con los españoles, y, a partir de un capital de información determinado por la posición central de los caciques en un campo de poder desde ahora bastante integrado, como por la constitución de amplias redes de alianzas políticas, matrimoniales y económicas con otros grupos indígenas. El “gran hombre” cuya distinción se realizaba sobre la base de sus habilidades guerreras es reemplazado por un ulmen que se lanza en una nueva competición económica y en hábiles negociaciones políticas56.
En suma, durante el siglo XIX la sociedad mapuche es muy distinta a la que se observaba a la llegada de los españoles. La guerra, el comercio, transforman su economía, su estructura social y política y, en definitiva, modifican sustancialmente lo que había sido la sociedad antigua.57 Sin embargo, y a pesar de los cambios que la afectaron, puede decirse que dicha sociedad al finalizar este periodo era abundante, rica en recursos, sin problemas de escasez. La prueba palpable respecto a la riqueza del Pueblo Mapuche queda reflejada en la adquisición de monedas de plata que se efectúa en el intercambio fronterizo. Dichas monedas fueron ocupadas para la confección de la platería mapuche; cuestión que, en términos económicos, no les reportaba ningún beneficio directo como alimentación o vestuario, por ejemplo.
6. La sociedad mapuche durante la República de Chile
Ha concluido la colonia y las guerras de la Independencia sacudirán la zona central de Chile. Nada ocurre en el territorio mapuche. Concluyen las batallas cerca de Santiago y algunas tropas realistas se dirigen al sur a establecer un foco de resistencia. Se alían con algunos caciques mapuches y ocurre lo que en la historiografía nacional se conoce como el episodio de la “Guerra a Muerte”, llamada así por Benjamín Vicuña Mackenna con el objeto de resaltar la diferencia entre las batallas de la Independencia y esta guerra de guerrillas que ocurre en el sur fronterizo.58 Una vez terminado este episodio viene un largo período en que el Estado no va a tener capacidad de preocuparse de lo que ocurre en el lejano sur. Se mantienen las mismas relaciones fronterizas del período colonial, el mismo sistema de administración y también un ejército de fronteras de características similares al colonial. Muchos de los soldados y oficiales, además, son hijos y descendientes de esa milicia. Las guerras civiles "montistas" van a sacudir el sur indígena el año 1851 y 1859. Angol, recién fundado, será atacado y destruido por Mangin o Mañil Huenu, cacique de Victoria. Muchos revolucionarios penquistas, de Concepción, se refugiarán en la Frontera, en las comunidades indígenas59.
La guerra con España va a comenzar a cambiar las cosas en el gobierno de Santiago y a aumentar la preocupación por el tema fronterizo. Es en la década del sesenta, en que Cornelio Saavedra es nombrado Intendente de la nueva Provincia de Arauco y son aprobadas sus leyes de ocupación de la Araucanía, de construcción de fuertes en la "línea del río Malleco", por el norte y en la "línea del río Toltén", por el sur. Esas dos líneas aprisionan a la sociedad mapuche, que tiene salidas sólo hacia la cordillera y el territorio trasandino, donde el ejército de ese país también ha construido "líneas de fortines", para la provincia de Buenos Aires. Comienza un período de enfrentamientos militares entre los mapuches y el ejército chileno y argentino. Esta "segunda guerra de Arauco" concluye el año 1881 con la fundación de Temuco en el lado chileno y de Bariloche por el General Roca, en el lado Argentino. El año 1884, el ejército chileno llega simbólicamente hasta las antiguas ruinas de Villarrica, metidas al interior de un bosque centenario. A pesar de la resistencia que opone el cacique Epulef se funda esa ciudad, significando el retorno de las ciudades del sur destruidas al comenzar el siglo XVII. Habían transcurrido 280 años. (Ver Mapa Nº 23)
6.1. Los primeros años después de la Independencia: entre la valoración y la negación del mapuche
Las primeras décadas después de la Independencia de Chile va a constituir un período marcado por distintas percepciones desde la sociedad nacional hacia la sociedad mapuche. Se observa, en primer lugar, una valoración de parte de los criollos hacia los indígenas. Esta valoración positiva va a demostrarse en muchas manifestaciones e incluso en intentos jurídicos.
Al momento de iniciarse la independencia, las nuevas autoridades que estaban asumiendo el control del país miraron hacia la Frontera tratando de asociar su lucha a la resistencia que había opuesto el Pueblo Mapuche al conquistador español. En ciertos ámbitos como el de la Logia Lautaro, el título de algunos periódicos como las Cartas Pehuenches y, en general, la admiración que despertaba la lucha de los araucanos contra el español, hicieron presumir a O’Higgins, Carrera, Freire, Camilo Henríquez y varios hombres de la época, que invocar el pasado indígena hacía bien a la causa de la Independencia. Surgió así, un sentimiento de respeto y admiración hacia los mapuche, quienes son incluidos en el discurso patriótico como los altivos luchadores por la libertad y es elocuente que para la fiesta del primer aniversario del 18 de septiembre, las damas asistieran al baile de gala celebrado en el palacio de gobierno vestidas como “indias”. Dentro de este contexto aparece el interés de los primeros gobernantes de Chile por la Araucanía; Bernardo O’Higgins, tenía en mente la idea de incorporar definitivamente la Araucanía a Chile, incluyendo a toda la población indígena de este y el otro lado de la Cordillera. En 1817, O’Higgins se refería a los Araucanos, como “... el lustre de la América combatiendo por su libertad...”, agregando que estos formaban una preciosa porción de nuestro país que, seguramente, no abandonaría sus suelos para irse en pos de un español que sólo quería esclavizarles y hacerse feliz a costa de la servidumbre de sus moradores... ”60.
La aristocracia criolla, durante esos primeros años de constitución de Chile como una nación independiente, se ve en la necesidad de reflexionar sobre la construcción de la identidad nacional y la idea de nación. El discurso giró en torno a las instituciones consideradas tradicionalmente sustentadoras de la identidad nacional: el ejército, la iglesia, la aristocracia, sin embargo, necesariamente debieron aludir a la presencia de las poblaciones indígenas del territorio. Por tanto, lo que ocurre es un determinado tipo de etnificación de lo indio desde el discurso proveniente del poder y de las elites, funcional a la construcción identitaria nacional.61
Este discurso no es homogéneo, puesto que fluye desde diversos ámbitos de la actividad pública de la época, -políticos, eclesiásticos, militares, próceres de la independencia, gestores del republicanismo-, además no va a ser exclusivo de los primeros años del siglo XIX, sino que, paradójicamente, va a extenderse hasta los momentos más críticos y dramáticos que caracterizarán la acción del Estado Chileno hacia el Pueblo Mapuche.
Así vemos, por ejemplo, como en 1888, Horacio Lara en la dedicatoria su libro Crónica de la Araucanía, se refería al tema en los siguientes términos:
“...no ha obedecido a otro móvil que a la inspiración de un elevado sentimiento de patriotismo guiado de un sano propósito: -el de reconstruir el pasado histórico de un pueblo heroico que, como el araucano, tan profundas huellas ha dejado marcadas en nuestra vida nacional en tres siglos de la más tenaz de las luchas que haya sostenido en América una reducida porción de hombres encerrados entre estrechos linderos en honra a su independencia, o ya en defensa de sus campiñas, sus selvas i sus bosques que sombrean la humilde choza que oculta en su oscuros seno la robusta i altiva prole que desde los primeros vajíos de la existencia empieza a atisbar en su corazón el sagrado fuego del patriotismo... Antes que ese pueblo cuna de tantos héroes i ara de inmolación i sacrificio de tantos mártires desaparezca del todo del escenario de nuestra sociabilidad, hemos querido recoger en su lecho de agonía el postrimer aliento i estamparlo por decirlo así en estas pájinas ...62”.
Es así, entonces, que en un primer momento se produce una valoración del mapuche, la que se complementa con la idea de incluirlo en el proyecto de nación que se estaba gestando para construir con él y sus territorios el nuevo país que surgía desde las ruinas del mundo colonial63.
Se percibe un ambiente de profundas buenas intenciones en la construcción del nuevo Estado - Nación que se estaba formando, primando la idea de una gran hermandad. En esta dirección habría apuntado, por ejemplo, un proyecto de “Pacificación de la Araucanía” presentado en el año 1823 por Mariano Egaña, que permitiese ocupar la región con colonos nacionales y extranjeros, prefiriendo para ello a los propios mapuches. El proyecto, debía necesariamente ser acordado con los indígenas por medio de un parlamento, tal cual lo habían efectuado durante la colonia, españoles y mapuches.
Sin embargo, se visualiza un cuadro bastante contradictorio en la medida que se produce la llamada "Guerra a Muerte". Pues, si bien en una primera instancia los mapuches aparecen gestando los antecedentes de la nacionalidad, gracias a la “sangre araucana” derramada en pos de la libertad, el primer contacto directo que tuvieron los patriotas libertarios con los mapuches adquirió un carácter más bien traumático, con esta denominada “Guerra a Muerte”. Los mapuches se vieron envueltos en una guerra ajena, entre patriotas y realistas, pero fieles a los acuerdos y a la palabra empeñada, mantuvieron sus compromisos contraídos en los parlamentos con los españoles. En ellos, los españoles reconocían el territorio y autonomía del Pueblo Mapuche, en cambio los patriotas pensaban en un territorio unificado bajo la bandera chilena desde el norte hasta el Cabo de Hornos. Los mapuches percibieron esta diferencia entre chilenos y españoles y temieron, con evidente previsión, la constitución de un gobierno central en Santiago que, poseedor de fuerzas armadas ofensivas, atacara y sometiera definitivamente el territorio64.
De esta manera, los mapuches adhirieron mayoritariamente al bando realista y lucharon contra los chilenos, contra los fundadores de la patria. En este sentido, decae en el imaginario nacional la figura mapuche que cimentaba la lucha por la libertad y la defensa de los derechos como pueblo independiente. Por otro lado, la forma de lucha que se dio en la Frontera, tuvo un carácter en el que la caballerosidad no era el signo más característico. El accionar de los mapuches transforma radicalmente la imagen que se había construido de ellos, frente a la naciente sociedad nacional. Aparece el estereotipo del bárbaro, la imagen de seres salvajes, primitivos, que no coincidía, o no estaba a la altura del proyecto de nación liberal civilizada que se pretendía edificar.
Será esta actitud contradictoria de Chile frente a los mapuche -su historia y su presente- la característica principal del problema indígena contemporáneo. “Marcará a su vez las relaciones de la sociedad mapuche con la chilena y las diversas estrategias de integración que sus dirigentes desarrollarán... ”65.
Esta actitud contradictoria por parte del Estado, queda reflejada en la promulgación de leyes, las cuales, puede decirse, presentan un cuadro bastante peculiar, pero determinante en este intento de integración de parte del Estado chileno hacia los mapuches. Por una parte el año 1822, en la constitución de O’Higgins, se expresa claramente quienes serán chilenos, estableciendo que dicha condición será para todos los nacidos en el territorio de Chile, y que dichas personas serán iguales ante la ley, sin distinciones de rango ni de privilegios. Pero, por otro lado, en esa misma constitución, se expresa claramente que no todos los chilenos podrán tener la calidad de ciudadanos, sólo podrán serlo, quienes cumplan con una serie de requisitos: “...son ciudadanos todos los que tienen las calidades contenidas en el artículo 4 con tal que sean mayores de veinticinco años o casados y que sepan leer y escribir, pero esta última calidad no tendrá lugar hasta el año de 1833...”66.
Evidentemente, los mapuches de la época, en su inmensa mayoría, no saben leer ni escribir el castellano, no es ocioso recordar que poseían una cultura distinta, donde no existía la escritura, dado, como fue mencionado, que se trataba de una cultura basada en la oralidad, poseedora de una lengua propia: el mapudungun. Por otra parte, la constitución no hace ninguna mención a los indígenas, simplemente son todos chilenos, pero los menores de 25 años no podrían ser ciudadanos; los mapuches comienzan a ser vistos con los ojos del evolucionismo, el que por aquellos años había tomado forma en los ámbitos científicos, y donde se concebían a los grupos indígenas como niños, como grupos que se encontraban en una etapa primaria, primitiva, donde, su padre -occidente-, debía guiarlos en el camino hacía el desarrollo, progreso y civilización.
Se aprecia entonces, cómo el Estado, por un lado, no reconoce a los mapuches como un pueblo independiente sino que busca integrarlo, pero no lo integra como uno más, sino como una especie de ciudadano de segunda clase. De hecho les niega la calidad de ciudadano; y, en último caso, si llegasen a cumplir con los requisitos para acceder a dicha calidad, se les exige que dejen de ser lo que son, que olviden lo que han sido y adopten los patrones de la nueva sociedad que se está formando; en definitiva, existe un claro no-reconocimiento de los mapuches, en primer lugar como actores políticos distintos, independientes y, en segundo lugar, como actores culturales también distintos. El Estado está diciendo por medio de ello, “... ustedes son chilenos, ya no son más mapuches...”.
La constitución de 1823, presenta restricciones aún mayores para acceder a la ciudadanía chilena: “... Es ciudadano chileno con ejercicio de sufragio en las asambleas electorales, todo chileno natural o legal que habiendo cumplido veintiún años, o contraído matrimonio tenga alguno de estos requisitos: Una propiedad inmueble de doscientos pesos, un giro o comercio propio de quinientos pesos; el dominio o profesión instruida en fábricas permanentes; el que ha enseñado o traído al país alguna invención, industria, ciencia o arte, cuya utilidad apruebe el gobierno; el que hubiere cumplido su mérito cívico, y por último, todos deben ser católicos romanos... ”67.
Nuevamente se evidencia la negación del “ser mapuche”; dado que de acuerdo a estos requisitos, prácticamente se estaba diciendo a los mapuches: “usted no podrá ser ciudadano”. En el trasfondo, se buscaba borrar todas las diferencias existentes entre los habitantes del territorio chileno, y homogeneizar aun desde el discurso público, a los “chilenos”; pues como se verá, las fronteras entre unos y otros siguieron presentes en las cotidianeidades de la vida nacional.
Aunque el camino hacia la homogeneización -que se percibía como vital para la construcción del Estado-Nación-, ya había comenzado desde antes, con la presencia en la Araucanía de los misioneros católicos. Quienes penetraron en territorio mapuche con la misión de evangelizarlos, convertirlos al cristianismo, enseñarles la lengua castellana y, en definitiva, transformarlos; la labor homogeneizadora desde el Estado se tornará sistemática durante el siglo XIX, mediante una serie de aparatos institucionales, funcionales a dichos propósitos. En esta actitud homogeneizadora desde el Estado hacia el Pueblo Mapuche, están presentes una serie de mecanismos de dominación; de ahí que se señale la importancia de conocer cuáles fueron estos mecanismos de “ciudadanización del mapuche”, recalcando que se trata de un proceso que sigue presente hasta el día de hoy.68
Entre dichos mecanismos, destacan, en primer lugar, los medios jurídicos, que se constituían en piezas claves para la formación de la nación. A través del andamiaje legal, las autoridades podían extender a toda la población los mecanismos de control que debían imponer para construir el país que demandaban. Se trataba, por lo tanto, “... de establecer instrumentos jurídicos capaces de otorgar un sentido de pertenencia y que abarcara a todos los ‘chilenos’... “69.
En este sentido, en el escenario posterior a la colonia, va a ser el Estado Chileno quien a través de distintos medios jurídicos va a generar los conflictos que se mantienen hasta el día de hoy con el Pueblo Mapuche. La creación de la provincia de Arauco en 1852, se constituye en un hito importante, ya que como instancia jurídica, permite al Estado intervenir, sin previa consulta, directamente sobre el territorio mapuche: “... es como si hoy día el Estado chileno decidiera crear una provincia en territorio argentino y se le pone un nombre...”. La provincia, es el ropaje jurídico que le permite al Estado iniciar el camino de apropiación de un territorio que era de otro Pueblo.70
Un segundo elemento o mecanismo destinado a consolidar el proyecto del Estado-Nación y, por extensión, la negación del Pueblo Mapuche, se encuentra en el ámbito de la educación. El interés de las autoridades por impulsar tempranamente su desarrollo, se percibió así porque se creía que la educación “... sacaría al pueblo de las tinieblas... ” y lo haría respetuoso de las normas jurídicas y valores que regirían los destinos de Chile71.
La escuela, además de haberse constituido como un mecanismo de dominación, subordinación y negación del mapuche, es el lugar por donde fluye, a veces implícitamente, la expresión del racismo y la discriminación72.
Lo cierto es que la educación también se constituye en un elemento y mecanismo de homogeneización cultural y por tanto en un aparato negador de las especificidades culturales que no cuadran con el proyecto del naciente Estado nacional. Va a ser esta política homogeneizadora y negadora de las diferencias culturales, instaurada por la educación formal chilena la que hoy permite comprender por qué existen tan pocos mapuches que, por ejemplo, dominen su propia lengua, que hablen el mapudungun. Los testimonios de mapuches al recordar sus experiencias escolares suelen ser dramáticos, ya que se les prohibía hablar su lengua y se les castigaba en caso de ocuparla y no hablar el castellano.
Hacia la década del cuarenta del siglo XIX, el Estado chileno realiza un intento para relacionarse de manera más estrecha con los mapuches de la frontera sur; la estrategia utilizada recayó en el ámbito de la educación formal; de esta manera se recurrió a las escuelas misionales de Franciscanos Italianos, contratados por el gobierno de Joaquín Prieto. Bajo el supuesto de que estas misiones podrían ayudar a transmitir los valores del ciudadano a los mapuches, y a reemplazar los principios de las sociedades tradicionales por la lógica de la racionalidad.73
Un tercer elemento que contribuyó a los intentos de homogeneización cultural del país, queda constituido por la inmigración europea. La presencia de inmigrantes europeos, fue percibida también como una posibilidad de ir generando actitudes que los grupos dirigentes querían desarrollar entre los miembros de la nación. Por lo mismo, la inmigración no sólo representó un medio para aumentar la población, sino también una propuesta encaminada a formar a los chilenos, “... contribuyendo a desarrollar en ellos una conducta imitativa que muchas veces nos ha llevado a menospreciar nuestra cultura y a transformar nuestra identidad en una identidad híbrida... ”74. Así se desprende de las palabras de Vicente Pérez Rosales, agente de colonización, quien reprochaba a los habitantes de la zona y a algunas autoridades los obstáculos que habrían puesto al establecimiento de los colonos:
“Entristece el recorrer la anterior lista [de inmigrados], viendo cuán despacio, cuán de mala gana y con cuántas interrupciones llega a fecundizar nuestros desiertos ese riego de población y de riqueza que tantos prodigios obra en todas; que, como no debemos cansarnos nunca de repetirlo, es el único medio que en nuestras actual estado puede elevarnos pronto a una envidiable altura entre las naciones civilizadas75.”
En el Chile de la época se había instalado ya el eje conceptual civilización/ barbarie, el que se desprendía de las corrientes evolucionistas que lideraban el pensamiento científico; corrientes que, en breves palabras, consideraban que las sociedades humanas se encontraban en distintos estadios evolutivos los que, en el caso de H. L. Morgan, uno de sus principales exponentes, transitaban desde el salvajismo, pasando por la barbarie, hasta llegar al estadio de civilización. Obviamente en la cúspide de la pirámide se encontraba Europa y, a medida que los rasgos culturales en general se alejaban de tales patrones, se clasificaba a dichas sociedades en estadios inferiores de desarrollo y evolución. Estas corrientes evolucionistas sirvieron como argumento para justificar la mayoría de las políticas expansionistas y colonialistas del siglo XIX en el mundo entero.
En el pensamiento latinoamericano, liberal y positivista del siglo XIX, la civilización -la modernidad- podía alcanzarse reemplazando el patrón cultural “indo-ibérico” por uno abierto a Europa y Estados Unidos. Las ideas de Domingo Faustino Sarmiento, respecto a esta confrontación entre civilización y barbarie, eran ampliamente aceptadas en Chile, que no fue la excepción a esta corriente76.
Junto con lo anterior, a mediados del siglo XIX comienza a agudizarse una crisis económica que llevará prontamente a mirar hacia el territorio del Pueblo Mapuche. Entre los años 1857 y 1861 se produce esta crisis económica, los grupos dirigentes de la nación intentaron buscar una solución al problema que se dejaba sentir fuertemente en la sociedad chilena, sin que dicha solución comprometiera la plataforma básica de la economía chilena del momento, es decir, las exportaciones. El vasto territorio mapuche serviría para elevar la producción agrícola y estrechar lazos con el mercado argentino, mercado que serviría como alternativa a los de California y Australia que se encontraban en franca decadencia77.
Durante el siglo XIX la economía chilena fue una proyección de la economía colonial; es decir un modelo de crecimiento “hacia fuera”. Este modelo económico, basado en exportaciones de materias primas, permitía a los grupos dirigentes controlar el país y al Estado financiar la hacienda pública. Este modelo generó consenso y no despertó ningún tipo de resistencia entre los sectores que podían intervenir en la conducción del Estado y su economía. De esta manera se fueron consolidando “las tres patas de la mesa” que sostuvieron la economía chilena durante el siglo XIX: minería, agricultura y comercio, todos sectores interesados en impulsar una economía exportadora que satisficiera plenamente sus intereses78.
En un comienzo el modelo fue exitoso, gracias a la demanda externa generada por los mercados del Pacífico, California y Australia; sin embargo, dicho patrón poseía una fragilidad inherente, que tiene que ver con el escaso papel que los países exportadores juegan en el control de los factores que hacen funcionar la economía. Baste decir que ni la intensidad de la demanda ni su calidad, podían ser manejados desde Chile79.
Los sectores agrícolas y mineros respondieron a la gran demanda inicial; no obstante, eso no quiso decir que la respuesta haya sido de buena calidad. Por otra parte, la mayor producción agrícola no significó una modernización en el agro, y buena parte de la producción minera se hizo con capitales extranjeros. Los sectores agrícolas y mineros se mostraron reacios a desplazar utilidades a sus respectivas actividades, lo que posteriormente impidió producir a bajos costos para poder hacer frente a la competencia de nuevos centros de abastecimiento.