1.1. Los primeros habitantes y su relación con el ecosistema andino1.2. Los cazadores andinos1.3. Los primeros pastores y agricultores1.4. Los pueblos agrícolas y pastores más avanzados de los oasis de Atacama y del Loa1.5. Esplendor de los pueblos de los oasis de Atacama y del Loa1.6. Los señores y pueblos de los oasis piemontanos a la espera de los inkas (900 -1.450 d. C.)
1.7. El dominio inka
2.1. Transformaciones en el siglo XVIII2.2. Los movimientos de resistencia
3.1. La economía y sociedad atacameña en el siglo XIX
5. Región Atacameña, Estado Chileno y Economías Capitalistas
5.1. El orden Republicano chileno... miradas distantes5.2. Una relación moderna entre Estado y población indígena en Atacama5.3. Campesinado andino atacameño y economías de enclave en perspectiva5.4. Políticas y sociedad atacameña a mediados del siglo XX
6.1. Una sociedad atacameña translocalizada
6.2. La cultura atacameña y las industrias culturales
7.1. Realidad actual y nuevas demandas
1. Los antepasados atacameños
1.1. Los primeros habitantes y su relación con el ecosistema andino
Particularmente en la cuenca del Salar, oasis de Atacama y valle del Loa, que forman parte de un gran desierto según se afirma el más árido del mundo, arribaron hace 9.000 a.C. los primeros grupos de familias cazadoras y recolectoras, que caminando por el altiplano y la alta puna, dominaron desde las alturas esta tierra que la consideraron suya; ellos fueron los verdaderos descubridores de la Puna de Atacama y los primeros creadores de lo que llegará a ser con el tiempo la sociedad atacameña, integrante de la matriz del centro-sur andino1.
Los habitantes atacameños del pasado, se relacionaron con el espacio de los Andes y lo domesticaron a su medida en toda su territorialidad; incluso se sabe que vivieron en alejados enclaves transandinos y también en algunas caletas del Pacífico. A partir de estas referencias, no se puede entender a la sociedad atacameña como muy sedentaria, sino esencialmente dinámica2. Ellos, son los genuinos pobladores originarios del desierto que actualmente se localiza al interior de la segunda región de Chile, donde en el pasado no surgieron grandes ciudades, porque la única posibilidad de domesticar estos territorios, era a través de la vida en movimientos entre pequeñas aldeas y “estancias” de pastoreo, lo que junto a las labores ganaderas, agrícolas, mineras y artesanales, más el tráfico caravanero con cargas de bienes en sus intercambios, les trajo una mayor complejidad de vida con mejores éxitos de adaptación. Es por ello, que luego de la estabilización pecuaria y agrícola3, la sociedad se desarrolló aquí con distintas características sociales, culturales y étnicas. Por lo mismo, los antepasados indígenas entregaron una región más domesticada, en términos de que los españoles muy poco debieron agregar, desde el punto de vista de las más indispensables respuestas de tipo civilizador. La pregunta que deviene de todo este proceso es ¿cómo ocurrió el desenvolvimiento de estos pueblos circumpuneños4, desde los primeros cazadores al tiempo de la conquista inkaica?.
1.2. Los cazadores andinos
La primera ocupación del borde oriental del gran Salar de Atacama y el río Loa, se localizó en los sectores más altos del territorio, entre la puna y la prepuna, concentrándose en las cuevas de San Lorenzo -área de Toconao-, Tuina -área de la bajada de Calama- y Chulqui -área del río Loa superior-. Ya desde los 7.000 a los 5.500 años a. C., se trasladaban tras las manadas de camélidos -antiguas vicuñas y guanacos-5. Así, los primeros cazadores y recolectores de frutos silvestres se caracterizaron por su trashumancia porque permanentemente se desplazaban entre los oasis, quebradas intermedias, hasta las playas de los grandes lagos altoandinos en tiempos de estaciones cálidas, donde la adquisición de los recursos significaba la práctica de actividades de caza que les proporcionaba carne, lana y huesos, con los cuales confeccionaban sus vestimentas y objetos para pervivir. Sus primeros asentamientos propiamente tales, como las vegas de Tambillo -al sur de San Pedro-, surgen alrededor de 5.500 años a. C., y eran articulados estacionalmente cuando advenía el frío invernal en las tierras altas. Con el tiempo, aumentó la población y aparecieron múltiples campamentos construidos al aire libre en torno a lagos andinos, arroyos intermedios y oasis piemontanos6.
Después de esos años, comenzó un clima tan seco (4.000-1.000 a. C.) que incluso los lagos de altura quedaron con sus fondos secos expuestos al Sol. A causa de la sequía, los cazadores ya no dispusieron de tantas frutas, plantas y animales silvestres, de modo que varios grupos familiares se desplazaron hacia pequeños oasis que, como ecorefugios7 con vertientes, pudieron ayudar a superar en parte las sequías, mientras que otros se trasladaron al Pacífico donde los alimentos del mar no dependían de la sequía del interior. Otros, se quedaron en varios ecorefugios del Loa, puesto que allí la crisis no fue tan crucial porque los ríos -aun cuando sus caudales eran débiles- mantenían recursos escasos, pero suficientes para sobrevivir. Otros tantos, buscaron lugares más ricos en la caza de animales -preferentemente camélidos-, mientras que también hubo recolección con intensa molienda de alimentos silvestres; vivieron en campamentos localizados en la juntura del río Salado con el Loa, entre las vegas de Chiuchiu y principalmente junto a los recursos paleolacustres8 de Puripica. En ese entonces -por los años 3.000 a 2.000 a. C.- en estos oasis sucedió algo que vino a transformar radicalmente la vida de las comunidades cazadoras: el pastoralismo; dado que si era posible atrapar y criar camélidos salvajes, estos gradualmente domesticados podrían ser más útiles a la sociedad arcaica, terminando en parte con las agotadoras expediciones de caza muy recurrentes en los tiempos de sequía9.
De esta manera, las poblaciones pre agropecuarias o antiguas –arcaicas- de los inicios del 2.000 a. C., alcanzaron en este territorio circumpuneño un verdadero virtuosismo en sus prácticas de caza y recolección y desarrollaron, de una manera incipiente, la crianza de llamas y de algunos cultivos. Lo que vendrá después, será el incremento expansivo de la vida pastoril junto a una mayor implantación agraria, con más uso de artesanías -alfarería, metalurgia, carpintería, textilería, cestería y talabartería-. Con ello, se multiplicarán las aldeas sedentarias y los desplazamientos a tierras lejanas, tanto para la provisión de productos, como también para trasladar los excedentes de la nueva economía agropecuaria y artesanal10. Además, entre los 2.000 y 1.500 a. C. gradualmente termina el régimen de sequía y comienza el retorno de intensas lluvias, incrementándose la población que recién había controlado las primeras crianzas de llamas y cultivos hortícolas -inicios agrícolas-.
1.3. Los primeros pastores y agricultores
Unos 2.500 años antes de la llegada de los españoles, las redes de caminos, metalurgia, tejidos, conservación de alimentos, labores de agricultura, aldeas, ganadería de llamas, medicina vegetal, artesanías, ya habían sido generadas por la sociedad atacameña. Esto significó que los procesos económicos y culturales fueron suficientemente intensos para que las respuestas culturales y sociales fueran francamente útiles y duraderas11. Entonces, será el tiempo de los agricultores y pastores de llamas, quienes producirán sus propios alimentos a partir del año 1.500 a 1.200 a. C. Así, se consolida el consumo de carne de llamas y los cultivos de pequeñas parcelas en torno a los arroyos y vegas de las quebradas y oasis de Tulán cerca de Peine, entre aquellos de San Pedro de Atacama y, en las vegas y suelos del río Loa medio y alto con sus afluentes.
Se trata también de una época de extraordinaria movilidad de gentes que buscaban desde distintos lugares -altiplánicos, selváticos y circumpuneños-, aquellos ambientes fértiles apoyándose en el retorno de un régimen más lluvioso en el lado occidental de la puna, donde se implantaron mejor los cultivos de plantas semitropicales de las yungas, traídas desde el oriente de los Andes. Estos logros se incorporaron a la gran experiencia local de los criadores de llamas.
Estos pueblos formativos, así llamados Tilocalar, conocían la metalurgia del cobre y oro, la cacería especializada, la alfarería y producían muchísimas cuentas de piedras y de conchas del Pacífico como excedentes, y se distribuyeron desde el Salar de Atacama al río Loa medio y superior. Durante este tiempo, se inicia la “formación” de pueblos más avanzados basados en ganadería de llamas, en la medida que la agricultura de los oasis comienza gradualmente a aumentar su potencial para lograr un equilibrio entre la crianza y los cultivos.
1.4. Los pueblos agrícolas y pastores más avanzados de los oasis de Atacama y del Loa
Aproximadamente desde los 400 años a. C. a los 100 años d. C., la población de pastores intensifica las labores agrarias con técnicas y semillas, y comienzan ahora la verdadera conquista agraria de los oasis precordilleranos.
Los oasis ubicados a baja altura como los de Lasana, Chiu-Chiu, Calama, San Pedro de Atacama, Peine, Tilomonte, Toconao, ya estaban por este tiempo bajo la primera ocupación agrícola. La humedad subterránea y los ríos de los oasis alimentaban los bosques de algarrobos y chañares, además de la vegetación de matorrales –brea-, vegas y plantas acuáticas –totora-, útiles como alimentos, combustible y materias para confeccionar objetos. Los ríos San Pedro de Atacama y el Loa, eran -y son- los más importantes en términos de concentrar mayor población. Ahora, se trata de producir más para sostener a estos primeros pueblos sedentarios de los oasis que se multiplicaban en los primeros ayllos aislados entre sí.
En verdad, estos cambios radicales comenzaron a operar a través de las obras de regadío con el fin de inundar racionalmente los suelos más adecuados, para convertirlos en chacras y huertos orientados a cultivos alimenticios, dando origen a los actuales ayllus12. Sin duda, este escenario era más favorable para la implantación de una labor agrícola diversa y dominante, con tiempos de siembra y de cosecha, en cuyos intervalos se multiplicaron también las labores artesanales, crianza de animales, fundición de metales, las artes de la cerámica y textilería. Esto ocurría en las aldeas bien temperadas con sus muros de adobones y quincha que cobijaron a densas poblaciones estables, generando también los primeros cementerios aglomerados. Es el inicio de la Tradición del Desierto o Árida, establecida en todo los oasis apegados al gran Salar de Atacama.
En esta época, ya se usan más intensamente las rutas del tráfico caravanero para el traslado de productos de intercambio y colonización de recursos distantes, apoyados sobre la base productiva generada por pueblos bien sedentarios, con especial énfasis en la producción de bienes de estatus como la metalurgia, artesanías o bienes para rituales y piezas de piedras semipreciosas.
Se observa un incremento de la población, de modo que la producción agrícola más el regadío artificial comienza a ser diversa y estable. Las artesanías también se diversifican, puesto que se multiplicaron las ofrendas en cementerios y se elaboraron con más virtuosismo objetos de huesos, tejidos, maderas, metales y cestería. Por otro lado, aparecen las primeras tabletas para la inhalación de alucinógenos, que más tarde se popularizarán en este territorio.
Durante el primer milenio, estos pueblos han crecido y ocupado las mejores tierras de los ríos que bañan los oasis del desierto de Atacama, y recogen las costumbres como las tradiciones de los pueblos anteriores. Una población bien identificada en los ayllus de San Pedro de Atacama, da cuenta de estos pueblos en Quitor, Sequitor Oriental, Toconao Oriente, Solor, Tulor y Tchapuchayna.
De los primeros pueblos formativos avanzados, el campamento de Turi -noreste del Pukara- representa bien este periodo (150 a 200 d. C.), donde se conectaban los caravaneros del Loa medio con el noroeste argentino, que eran grupos muy similares a aquellos que habitaron los ayllus de San Pedro de Atacama entre los años 100 a 400 años d. C., los cuales también estaban en contacto con las poblaciones agropecuarias del noroeste argentino.
1.5. Esplendor de los pueblos de los oasis de Atacama y del Loa
En los comienzos del milenio, continuó el intenso poblamiento en el valle de Atacama y en las tierras más fértiles del Loa, reflejado por el crecimiento de densos asentamientos y cementerios, con ofrendas culturalmente muy sofisticadas que sugieren una vida aldeana más organizada, con jerarquías políticas y religiosas. Aquí, el culto a los muertos es uno de los rituales más significativos. Se enterraban en cementerios cercanos a las aldeas -no fortificadas-, emplazadas en proximidad a los campos de cultivos y arboledas de molles, algarrobos y chañares.
Se advierte aquí el surgimiento de una de las etapas culminantes en los oasis de San Pedro de Atacama, respecto de sus mejores logros agrarios, pastoriles y artesanales, en especial aquellas elaboradas con materias primas locales como los tallados en madera, piezas de cobre, aplicaciones de piedras semipreciosas; todo esto confeccionado con excedentes para ser trasladados a otras poblaciones que lo requerían.
Un hecho importante en la constitución histórica y cultural de las poblaciones circumpuneñas, es la expansión de la cultura Tiwanaku desde los 400 años d. C. En esta época reconocida como Quitor (400 a 700 d. C.) el régimen de Tiwanaku Clásico -cuyo centro monumental, religioso y económico, se localizaba cerca de la Paz en Bolivia- ejerció su influencia en estos oasis con su estilo reconocido en objetos ofrendados en sepulturas, junto con la cerámica negra pulida local. Los símbolos sagrados, en especial los escultóricos provenientes de los templos altiplánicos, ahora son miniaturizados a través de pequeños objetos vinculados con el uso de alucinógenos. La representación de chamanes con atuendos y símbolos muy elaborados, explica la alta complejidad de los rituales y de la participación comunitaria bajo un culto que combinaba la idiosincrasia de la cultura San Pedro con los cultos Tiwanaku.
La conexión planteada entre la ciudad sagrada de Tiwanaku y sus diversos centros provinciales con los oasis de Atacama, involucró la intensificación del uso de tabletas para inhalar alucinógenos. La inhalación de los polvos vegetales –cebil-, provenientes desde las selvas del oriente del noroeste argentino, les permitió “entrar” en un mundo mágico-religioso; cosmovisión conducida por chamanes que acercaban la comunidad a los valores que representaban los símbolos del felino, llamas, aves y serpientes, entre los más principales.
Además, un intenso tráfico de caravanas de llamas con arreadores especializados, permitió que tanto los excedentes de status y domésticos, altiplánicos como selváticos y aquellos de Atacama, fueran redistribuidos, obteniendo ventajas mutuas en términos de alimentos, artesanías, materias primas y objetos de status social y ritual. Por otro lado, se busca una mayor expresión de identidad y status practicando deformaciones del cráneo, con el uso de tocados y sombreros, collares de turquesa y malaquita.
Otras caravanas con artesanías provenían del noreste argentino, como aquellas de los pueblos Isla y Aguada, situación que señala que los oasis de Atacama permanecieron abiertos a contactos con otros pueblos andinos cercanos, con el fin de establecer relaciones interétnicas. Estas conexiones parecen haber sido importantes, puesto que era muy frecuente el uso de conchas de caracoles de agua dulce de las tierras bajas de Bolivia y Argentina, probablemente vinculadas como depósitos de sustancias alucinógenas y pinturas rituales. Es probable también, que estos alucinógenos, que con tanta intensidad se usaron en estos oasis, se trasportaran de un territorio a otro, con ventajas para todas las “naciones” que participaban de estas redes de relaciones de intercambio y arreglos políticos tras la ocupación directa del espacio productivo pactado entre las elites.
Los pueblos de Atacama más que los del Loa, fueron percibidos como territorios importantes para el régimen Tiwanaku, porque el establecimiento de alianzas entre las autoridades locales y aquellos de los centros Tiwanaku del altiplano nuclear y meridional, permitió sustentar una red de caravanas que vinculaba los intereses socioeconómicos tanto externos como de las elites locales.
En los ayllus de San Pedro de Atacama, claramente se encontraba el poder político y religioso más importante de todos los oasis atacameños en su conjunto -alrededor del 400 a 900 d. C.-. Al parecer, todo indica que se establecieron alianzas políticas y religiosas entre los señores del culto altiplánico de Tiwanaku con los señores de la “elite” de los ayllus de San Pedro de Atacama.
Desde hace tiempo que el poderío económico y cultural de los pueblos del Valle de Atacama, se sustentaba en el tráfico de productos de prestigio como objetos de metal, mineral de cobre, conchas del Pacífico y otros, que esta vez eran intercambiados con la elite Tiwanaku. No existían colonos altiplánicos de este régimen trabajando aquí para sus señores; los atacameños lo hacían mejor en su medida y sabían trasladar estas riquezas hacia otros pueblos andinos.
El carácter culminante de estos pueblos de Atacama y del Loa, se reconoce a raíz de la amplia distribución de su cerámica típica negra pulida, registrada desde los asentamientos trasandinos hasta el litoral del Pacífico. La presencia de estos tiestos negros pulidos clásicos en el extremo sur de Bolivia, en varios oasis del noroeste argentino, en la costa del desierto de Atacama, así como sus platos bicolores negro-rojo hallados en Taltal, señalan sin duda alguna, que durante esta época la cultura San Pedro estaba muy conectada con caravaneros que se desplazaban entre asentamientos trasandinos de oasis y costeros.
Los pueblos locales -principalmente los de Atacama- siguieron bajo la influencia de Tiwanaku -por la etapa llamada Coyo entre los 700 a 1.200 años d. C.-. Al final de esta etapa, cuando aún se detectan objetos con decoración Tiwanaku, la cerámica “casi pulida” desaparece gradualmente entre las ofrendas funerarias. Sin embargo, se identifica una mayor integración cultural local, configurando una identidad étnica muy marcada y diferenciada del resto de los pueblos de la región. Tal vez la conexión con el altiplano nuclear de Tiwanaku, creó las bases para un mayor desarrollo interno. En efecto, dentro del área centro-sur, la cultura y culto de mayor magnitud fue la de Tiwanaku, que articuló el altiplano, sus yungas, ciertos valles que bajan al Pacífico entre el norte de lo que hoy corresponde a Chile y el sur peruano, incluyendo los oasis del Valle de Atacama a raíz de su prestigio cultural, político y económico.
Los trabajos metalúrgicos de tradición local realizados entre los pueblos de Atacama y del Loa, se perfeccionaron considerablemente en esta época, puesto que existía un notable control y mayor labor sobre las minas de cobre de la región. Al respecto se ha asegurado que a raíz de los vínculos con Tiwanaku, se exportaban objetos de cobre hacia el altiplano central. El descubrimiento de un minero datado por los 500-600 años d. C., en una galería soterrada de Chuquicamata -encontrado allí cuando se iniciaron las labores modernas-, confirma esta antigua especialización de oficios.
Está claro que el mayor impacto de estos contactos extraterritoriales, se produjo con los pueblos Tiwanaku y, en menor escala con aquellos del norte argentino. Al tanto que se incrementaron diversos oficios, aumentó la jerarquía de los líderes locales, y se amplió la sociedad: agricultores, pastores, artesanos, constructores, mineros, caravaneros traficantes, colaboradores del culto y jóvenes formados en las labores productivas. Con ello, no sería extraño aceptar que esta incipiente y pequeña “nación” comienza, aproximadamente en los 900 años d. C., a configurar gradualmente una identidad étnica y territorial, con personajes que administraban el culto y la circulación de la riqueza regional. A lo menos, hay tumbas con ofrendas tan complejas que sugieren que ya se había consolidado un estamento dirigente de alto prestigio, bajo la cobertura ideológica de los símbolos de Tiwanaku y de aquellos propios de la identidad local o atacameña.
Estos dignatarios organizaban la ideología y la productividad de la región, basada en el tráfico de recursos con caravanas de llamas adecuadas a los traslados de larga distancia. En este sentido, los oasis de San Pedro de Atacama y del Loa, lograron centralizar y configurar un verdadero núcleo de gentes y cargas que se desplazaban desde la costa hasta las tierras trasandinas y viceversa.
1.6. Los señores y pueblos de los oasis piemontanos a la espera de los inkas (900 -1.450 d. C.)
En un tiempo entre las influencias Tiwanaku e Inka, se constituyó la “nación atacameña”, rodeada de aspectos culturales comunes. Alrededor del año 1.000 d. C., reiteradas sequías en el área andina provocaron un fuerte impacto que concluyó con la pérdida del dominio ideológico Tiwanaku en el Titicaca y espacios conectados; de este modo, se abren paso los emergentes señoríos de los así llamados Desarrollos Regionales. En este período se distinguen dos tradiciones culturales, la Tradición Altiplánica -poblaciones del Loa superior de raigambre claramente altiplánica- y de Tierras Áridas -poblaciones de Cuenca del Salar de Atacama-13. En la Puna de Atacama, especialmente en los pueblos de Toconce y Ayquina se distingue la existencia de una ocupación altiplánica, la que podría corresponder a comunidades del sur y norte de Lípez, provenientes de la provincia de Potosí. Por otra parte, las poblaciones del valle de Atacama y entre los arroyos aledaños junto al gran Salar, dan cuenta de una continuidad de matriz cultural de tradición de Tierras Áridas.
Es el tiempo en que comienza a configurarse la identidad de la nación atacameña, desde los 900 años d. C., sustentada con las autoridades locales y poblaciones arraigadas entre los ríos de Atacama y el Loa. Los vestigios más conocidos son los enormes pukaras o fortalezas en colinas estratégicas localizadas en los oasis de Quitor, Chiu-Chiu, Lasana, Turi y Topayin, rodeadas de aldeas abiertas ubicadas junto a los ríos donde viven y laboran los agricultores. Tal como se mencionó más atrás, un periodo de máxima aridez en el área del centro religioso de Tiwanaku afectó su poder agrícola y con ello se desarticuló esa inmensa red de tráfico de larga distancia que lo sustentaba y, por cierto también su influencia religiosa. Comienza a definirse entonces, una mayor autonomía regional, política y religiosa, precisamente en los umbrales de la expansión inka y española.
Mientras que el Señorío de Atacama representa bien al estilo de ocupación de los oasis cálidos con su cabecera en Quitor y en las quebradas medias con ganadería y cultivos, el de Lasana desde los 800 años d. C. hasta el contacto inka fue otro centro poblacional importante en el río Loa medio, orientado a las labores agrícolas y mineras con un mayor espacio útil en los fondos de valles junto a ingenios hidráulicos de canalización.
Los caravaneros atacameños de esta última época, traficaban sus productos con las etnias del altiplano meridional y con las comunidades del noreste argentino, activando las prácticas de colonización e intercambio, lo cual implicó ventajas económicas recíprocas entre las autoridades de diferentes Señoríos, a través de alianzas políticas. Así, los Señoríos de Atacama y del Loa coexistieron con pueblos altiplánicos instalados en sus enclaves más periféricos y con otros que radicaban en el Altiplano Meridional -sur de Bolivia-.
Es probable que estos grupos ejemplifiquen la llegada de agropastores altiplánicos pactada entre los Señores de los Oasis y aquellos de los “reinos” aymaras de la región de Kollao, Pakajes y Lípez. Estos pastores altiplánicos, en especial los del vecino “reino” Mallku, se instalaron en el río Loa y sus afluentes como el río Salado, donde mantuvieron contactos y residencias cerca de las aldeas, observándose su cerámica en aldeas tan cercanas al litoral como en el caso de Quillagua, en plena convivencia con los pueblos Atacameños. En verdad, las relaciones con los pueblos Mallku del altiplano limítrofe de Bolivia fueron evidentes, puesto que compartieron su cerámica altiplánica en un ir y venir caravanero, que unía por esta época a los oasis atacameños con los pueblos pastoralistas de las etnias Chichas y de Lípez, al punto que cuando llegaron los primeros españoles, se vieron a Atacamas y Lípez llevando juntos recuas de llamas hacia Potosí. Igualmente mientras en los oasis del Loa, Chiuchiu, Calama y San Pedro de Atacama existían densos cementerios y complejos asentamientos posteriores a Tiwanaku, sólo escasos grupos de colonos altiplánicos estaban instalados en sectores bajos y periféricos. Sin embargo, en las tierras altas del Loa la situación fue diferente.
En efecto, el asentamiento de Toconce ha sido datado con distintas fechas desde los 930 a los 1.077 años d. C. y es probable que haya alcanzado el contacto con los inkas. Es importante indicar que la presencia de cerámica altiplánica en esta aldea comprueba la importancia de las migraciones y/o colonizaciones de los pueblos altiplanos del sur de Bolivia actual con estas cabeceras de valles occidentales, y tal vez esto explicaría la gran frecuencia de registros de restos de maíces en estas aldeas, los cuales serían muy apetecidos por las poblaciones del altiplano sur boliviano, que por su altura producía de manera limitada.
En esta época pre inkaica, otra quebrada alta como Caspana demuestra que la “cohabitaron” gentes con tradiciones distintas y compartidas, pasando a configurar una población local con identidades nuevas a través de la articulación de estas Tradiciones Culturales Altiplánicas con aquella del Desierto o Árida de los Oasis del Loa. Por otra parte, otros rasgos comunes en ayllus como Yaye en el valle de Atacama y en el Loa, dan cuenta de la suma de tradiciones, incluyendo la influencia de costumbres altiplánicas ejercidas desde el gran asentamiento de Turi. En efecto, una de las formas más típicas para el buen manejo de estos recursos de quebradas altas lo constituye el modelo de estancia ganadera, donde la idea altiplánica de enterramientos en chullpas fue asimilado por la población local. Es la estancia aquella unidad que ayer y hoy es la base de una verdadera ocupación temporal de los espacios forrajeros más productivos y bien adaptados a tantas tierras altas del Loa y Atacama, donde la agricultura ya no es posible, por eso que los ambientes de oasis y quebradas fueron complementarios con la alta puna de orientación pastoralista.
En general, todos los pueblos circumpuneños desarrollaron por esta época una economía de excedentes con incremento de las labores agrarias, pecuarias, mineras y traslado de productos de estatus y domésticos desde el Pacífico hasta las selvas orientales. Radicaban en alturas entre los 2.300 a los 4.000 m sobre el nivel del mar, en lugares intermedios desde Peine a San Pedro de Atacama, desde Toconce a Lasana, entre Calama, Chiu-Chiu y Quillagua, tras el acceso a la costa o con acceso directo a la puna argentina por Tebenquiche, Casabindo, Santa Ana de Abralaite, San Juan de Mayo y Yavi, hacia el este de la alta Puna. Todos eran pueblos étnicamente afines traspasados por fronteras “blandas”, acostumbrados a cohabitar con otros de distintas identidades, a pesar de la “separación” de la cordillera. Los pueblos de la vertiente argentina, asociados también a la producción puneña, sumaron la riqueza de los recursos tropicales y de los ricos bosques orientales del gran Chaco -tráfico del alucinógeno “cebil”-. De modo que existía un verdadero pasadizo de tráfico de ida y vuelta entre los paralelos 22° y 23°, que incluía a asentamientos de ambos lados de la alta Puna: río Salado, oasis de Atacama, San Juan de Mayo, Pozuelos, Yavi Chico, cabeceras de la quebrada de Humahuaca, serranías y bosques de Iruya y Santa Victoria. Otras rutas de circulación y contactos hacia el nororeste, eran las localidades del río Salado-San Juan de Mayo- río Tarija-Región Valluna de Bolivia. Otra cursaba la dirección sureste: Toconao-Huaytiquina-San Antonio de los Cobres, separándose hacia el valle Calchaquí y Quebrada del Toro.
Esta cultura de encuentros y coexistencia con pueblos vecinos, basada en el establecimiento de arreglos políticos -alianzas-, debe tenerse en mente para una mejor comprensión de los sucesos posteriores.
1.7. El dominio inka
La actual ciudad peruana del Cuzco fue la capital de un gran imperio llamado Tawantisuyo de carácter panandino, cuyos límites se extendían desde el Ecuador por el norte, hasta el río Maule por el sur.
Como se reseñó más arriba, justo cuando los Señores de los Oasis y quebradas altas habían configurado sus territorios, conjuntamente con sus expresiones culturales, arribaron a esta región los inkas14. Su dominio en Atacama fue más directo de lo esperado, a raíz de sus intereses en la expansión de la explotación minera, dado que estos territorios eran y son muy ricos en rocas preciosas y minerales.
“El viaje del inka habría pasado hasta el río de la Plata, para dirigirse posteriormente, remontando su curso, hasta Chile, llegando hasta lo que pareciera ser el valle de Aconcagua. La tradición oral cuenta que, más adelante, y en la misma expedición, los destacamentos inkaikos habrían avanzado hacia Copayapu y Atacama, desde el sur, conquistando ambos territorios. Como los de Atacama eran “gente guerrera”, el inka envió adelante a los de Chile y Copayapu, con quienes tenían contacto e intercambio.
Una vez en Atacama, Thupak Inka Yupanqui dividió nuevamente sus tropas en cuatro partes. Unos salieron por el camino “de los llanos y por costa a costa de la mar hasta que llegase a la provincia de Arequipa”; otros los hicieron por los karankas y aullagas; los terceros recorrieron el camino de la derecha, para que desde Atacama “fuesen a salir a Caxa Vindo y de allí se viniesen a las provincias de los chichas15.”
En los oasis de Atacama, los inkas se relacionaron con las autoridades políticas atacameñas establecidas en los pukaras. Luego, construyeron sus principales centros administrativos en Peine, Cartarpe y Turi, uniendo a los valles de Atacama y los del Loa a través de los propios caminos ya existentes antes de su conquista. De esta manera, la ocupación inkaica fue evidentemente política y económica, ya que se fundamentó en alianzas con las autoridades atacameñas, las cuales estaban preparadas para este entendimiento, a raíz de la conducción del tráfico multiétnico que existía desde antes.
Esta situación de contacto entre pueblos con culturas diferentes debió dejar rastros profundos en el modo de vida de la población local, tales como aspectos políticos, administrativos, económicos y religiosos.
Hacia los valles de Atacama, los inkas llegaron para incrementar la producción minera y agrícola, tal como ocurrió en el oasis alto de Socaire, en un extraordinario manejo de agricultura con obras de andenerías. Esto explicaría la construcción del centro administrativo de Peine, con innumerables bodegas que también parecen contener la producción de excedentes de carácter agropecuario de las tierras de Socaire, Peine y Tilomonte, incluyendo las minas de cobre del lugar. En este sentido, las evidencias del centro administrativo de Catarpe con restos de fundición y objetos metálicos, también se vincularía con la concentración de mano de obra atacameña para acumular recursos agropecuarios y mineros, esta vez cerca de las minas cupríferas de San Bartolo, Caspana, Abra, etc., en convivencia con los funcionarios inkas.
Para establecer sus conexiones con el altiplano del sur de Bolivia, construyeron además, varios tambos y centros religiosos a los pies del volcán Licancabur; allí pernoctaban las caravanas de paso y acudían como en una suerte de “romería”, los devotos del culto solar y del espíritu de la montaña, en determinadas épocas del año.
Los inkas administraron las redes viales longitudinales preexistentes, como las trasversales trascordilleranas vía Ascotan, Licancabur, Chilique, Peine, etc., puesto que antes de su dominio todos los oasis y quebradas junto con las regiones vecinas ocupadas por los atacameños y sus aliados, estaban suficientemente comunicados. Pero, al parecer no modificaron los buenos resultados del trabajo agropecuario, sino que más bien intensificaron las obras de minería en tanto que mantuvieron la riqueza móvil del tráfico interregional de bienes de status hacia los centros administrativos del altiplano y el Cuzco.
Se sabe que el ejército español derrotó al inkaico, de modo que todas las naciones andinas del sur quedaron atrapadas en una tensa vigilia, a la espera de un invasor extraño e inesperado. Ahora los chasquis o mensajeros inkas y aquellos de las propias naciones andinas del sur, comenzaban a difundir órdenes y rumores: la guerra antiespañola debía sostenerse donde fuese posible. El encuentro de dos mundos distintos y distantes estaba avanzando de norte a sur, de una manera irreversible. Los Señores de los oasis de Atacama y del Loa, si bien pudieron integrarse al Tawantinsuyo, ahora perderían su autonomía al interior del régimen absolutista de los europeos.
2. La invasión europea en un espacio multicultural y la imposición del orden colonial
Tal como se ha revisado páginas atrás, las sociedades de la amplia cuenca de Atacama, con distintos componentes culturales, legaron una cultura avanzada donde un sistema de complementariedad ecológica parece normar todo un conjunto de presencias indígenas entre grupos y territorios vecinos, producto de una larga tradición de relaciones16. La subárea circumpuneña17 del siglo XVI, estaba compuesta por “poblaciones entretejidas y de territorialidad interdigitada” dando cuenta de presencias étnicas entre atacamas, lipes, humahuacas y chichas, por citar algunas, que sugieren identidades diferentes, pero no necesariamente etnicidades distintas18.
En el espacio que ocupó el Corregimiento de Atacama (Ver Mapa Nº 6), la administración colonial distinguió a una población distinta y con diferente lengua respecto de los Atacamas, y esta población era camanchas o camanchacas que habitaban la costa, especialmente en el asentamiento de Cobija. En general, estos pescadores que vivían a lo largo de la costa del Norte Grande, llamaron la atención de los europeos por su condición de vida “miserable”, “pobre”, de “gente bruta” y “bárbaros”, y también por la movilidad y aprovechamiento integral del lobo marino en la construcción de balsas, viviendas, vestuario, alimento, recipientes y cordelería. Estas poblaciones lograron una buena adaptación a los ambientes costeros-marinos, como la cordillera de la costa; además dispusieron de excedentes -productos del mar secos y/o salados, conchas, guano- intercambiables por otros recursos y bienes de las tierras altas19.
Durante el siglo XVI, la población indígena presente en Cobija fue denominada bajo los siguientes términos: camanchacas, urus, proanches y changos. Lozano Machuca hace referencia a los urus de Cobija en el año 1581, afirmando que en la “ensenada de Atacama, ques donde está el puerto, hay cuatrocientos indios pescadores urus (...)”. El empleo de este término en la documentación colonial del siglo XVI para referirse a los distintos grupos de pescadores de la costa del océano Pacífico, de Arica hacia el sur, se debería mas bien a una extensión semántica peyorativa destinada a describir “grupos inferiores”, y no necesariamente emparentados étnicamente con las poblaciones lacustres del altiplano20. En cuanto al término camanchaca, al parecer una de las primeras menciones proviene de Francis Drake en el año 1578, haciendo referencia a los habitantes de la costa de Copiapó21; sin embargo, más específica es la información de Juan Segura del año 1591, al señalar a camanchacas de Cobija, denominación que siguió en uso hasta mediados del siglo XVII22. En esta misma centuria, el apelativo de proanches los identifica como originarios de Copiapó y Morro Moreno, aunque inscritos en partidas de bautismo y matrimonio de Cobija. En este mismo siglo, se empieza a usar la denominación de changos que a partir de 1665 es la única que permanecerá vigente para identificar a las poblaciones de Cobija y de Copiapó hasta el siglo XIX23.
Sin embargo, no se puede descartar la posibilidad que la diversidad de los nombres étnicos de los grupos de pescadores de la costa de Atacama, pudiera deberse a que, efectivamente, se tratase de agrupaciones distintas, como a que correspondieran a distintas especializaciones en la pesca y recolección marina, así como a categorías clasificatorias sociales o culturales, independientemente de su origen étnico e impuestas -por otros- a aquellos grupos considerados marginales24.
Sobre las lenguas que se hablaban en Cobija, los documentos del siglo XVII denotan que “hablan diferente lengua y tan rudas que no ai, quien los entienda, si bien hablan la Española”25, y por cierto el kunza toda vez que las etnias costeras recibieron por largo tiempo el flujo caravanero de los atacameños.
Además, existieron otros grupos étnicos que se vincularon con los atacamas. Es el caso de los lipes que pareciera responder a una denominación étnica y los picas o guatacondos que más bien hacen referencia o identificarían lugares de origen, pero que ya -desde antes de los inkas- se conectaban por los senderos que unían los valles y oasis Tarapaqueños por Quillagua-geoglifos de Chug-Chug-Loa Medio. Referencias documentales de lipes en Atacama durante el siglo XVI, son aisladas; sin embargo, en el siglo XVII se les encuentra de manera gravitante en los registros parroquiales. En las primeras décadas habría una ocupación directa de lipes en varios nichos ecológicos de Atacama, congregándose en los poblados de Chiu Chiu y Calama, como también en Aiquina, Caspana, Toconce e Inacaliri. Los poblados de “Calama y Chiu Chiu -centros privilegiados para la obtención de algarrobos y chañares- estaban vinculados a la red de tráfico de pescado seco desde la costa hacia Potosí, por rutas que cruzaban el corregimiento de Lipes, y sumado las estancias ganaderas de Toconce e Inacaliri, se notará que la presencia de los lipes abarcaba una amplia gama de actividades y obtención de recursos; junto con ello, los lipes se vincularon a la arriería y establecieron relaciones sociales con la población local, tal como lo demuestran los matrimonios entre originarios de Lipes con atacamas y residiendo en la zona por períodos que abarcarían varias generaciones. En el siglo XVIII su presencia disminuye, sin embargo, hacia el siglo XIX nuevamente se hace significativa en los archivos parroquiales”26.
Limítrofe con el corregimiento de Atacama, hacia el norte, se extiende la región de Tarapacá que se caracteriza por la Pampa del Tamarugal, el desierto y las
quebradas altas cordilleranas. Hacia el sur de esta región, se localizan los oasis de Pica y la quebrada de Guatacondo que junto a otras localidades más pequeñas -como Quillagua y Puerto Loa- formaban la doctrina de San Andrés de Pica. Hay varias referencias que dan cuenta de que en el siglo XVI los originarios del sur tarapaqueño se relacionaban con los atacamas; Vivar señala que el paso de los ejércitos invasores de Pedro de Valdivia (1540), previamente habría sido advertido por los tarapaqueños a los habitantes de Atacama. Tanto tarapaqueños como atacamas compartieron –y comparten- espacios y recursos en ambos territorios, sin embargo, durante el siglo XVII los registros parroquiales señalan una mayor estadía de atacamas en Tarapacá, mientras que en el siglo XVIII hay un aumento de registros que indican la presencia de tarapacás en Atacama, ya que picas y guatacondos se encuentran en varias estancias, minerales y poblados de la cuenca del río Loa, en tanto que muy pocos casos se localizan en la cuenca del Salar de Atacama27.
En este sentido, en el territorio atacameño -particularmente Atacama la baja- se percibe un panorama multiétnico, y como correlato de ello, los datos lingüísticos apuntan a una suerte de multilingüismo28.
A partir del siglo XVI, la categoría atacameño cubre con un manto de homogeneidad a los indígenas que bajo ese nombre -de acuerdo a los documentos coloniales-, identificó la administración española a toda la población que habitaba el territorio29. La invasión europea y la constitución del orden colonial en estos territorios de la región, se hará intensa hasta la independencia de los nacientes estados nacionales de la corona española.
Atacama formó parte de los límites de la Gobernación de Nueva Toledo, que había sido otorgada a Diego de Almagro en el año 153430.
El dominio español no se asentó aquí, sino con grandes dificultades. Por el año 1535, los adelantados españoles tenían una visión del territorio que se mostraba como una frontera inhóspita ocupada por indios Atacamas31. En este contexto, arriba Diego de Almagro (1536) y se confrontan españoles y atacameños en la primera batalla de Quitor, que debía resolverse en la toma del Pukara del mismo nombre. El resultado de este conflicto dio la “victoria” a los atacameños: “y mediando el mes de octubre se halló... en el pueblo principal de Atacama... hallaron la tierra alzada é de guerra, y la gente por los montes, fuera de sus casas é asientos, y puestos en montañas y sierras muy ásperas... que no se podían sojuzgar”32. Además, otro destacamento de hasta “mill y quinientos indios chichas”, presentaron una resistencia antieuropea, en un lugar a 18 leguas antes de llegar a Atacama33.
Posteriormente, en 1540 se produjo el avance español que permitió ejercer el control sobre la única vía de ingreso al centro de Chile, porque a través de la segunda batalla de Quitor la resistencia atacameña fue reducida bajo el control de Francisco de Aguirre. Sin embargo, la resistencia indígena fue un factor de inestabilidad regional durante varios años.
En 1545, Valdivia señala en carta a Carlos V que Atacama es un centro de abastecimiento para las tropas que vinieran a Chile y suponía a la provincia en paz, dado que el Perú había sido pacificado por el gobernador Vaca de Castro34.
Sin embargo, se sabe que es del todo improbable que Almagro, Valdivia y sus compañeros, hubiesen dejado algún establecimiento permanente, y si dejaron algo fue destruido por los atacameños en guerra hasta 1557.
En ese año, la situación se tornó insostenible entre Atacamas y españoles, a tal punto que la resistencia de los primeros, no pudo impedir que los contingentes españoles vaciaran sus graneros y robaran el ganado -a modo de saqueos. Es por esta razón que se impone la necesidad de pactar; de esta forma surge el Acta de Pacificación de 155735. El encuentro en Suipacha -territorio Chicha- celebrado el año 1556, entre Juan Velásquez Altamirano, representante de la Real Audiencia de Lima y Juan Cotocotar -o Catacata-, Cacique Principal de Atacama, tuvo como objetivo consagrar acuerdos favorables para ambas partes. En ese encuentro reconocieron haber dado muerte a algunos españoles, pero en defensa de sus provincias y haciendas frente a los intentos de robos36. La prueba inequívoca de aprobación del trato, por parte de los atacameños, fue el bautismo y la asistencia a una misa. Un año después, en Atacama se convocaron Velázquez de Altamirano y los representantes atacameños con el objeto de alcanzar un arreglo de paz, que la historia denominó “la Pacificación de Velásquez”37. Con ello, un relativo control europeo y aparente estado de paz, se sucedió después de 1557: “Atacama fue en realidad conquistada por Juan Velásquez Altamirano (...), sin lograr por completo su pacificación por la influencia de las parcialidades rebeldes del Noroeste argentino” 38.
En 1557 o tal vez un año después, Juan Velásquez de Altamirano fundó en el camino real un pueblo que se llamó Toconao. Con ello, de alguna manera se aseguraba la paz y el tránsito entre las ciudades de la Plata y Chile. De este modo, el primer centro administrativo español y permanente en la provincia de Atacama con agrupamiento de indios, se efectuó entonces en Toconao y no en San Pedro de Atacama, muy probablemente por el temor de los españoles de que ocurrieran ataques sorpresivos en el sector de los ayllus de San Pedro, donde la foresta y densidad demográfica favorecía las acometidas39.
Cabe destacar aquí, que dentro de la administración colonial, el corregimiento de Atacama formó parte de la Audiencia de Charcas en el año 1559 -integrante del Perú-40. Más tarde (1564), la Corona justifica la presencia de corregidores en Atacama, porque era “necesario proveerse el corregimiento de Atacama por ser el Paso para la provincia de Chile porque no habiendo juez allí se alzan luego los indios, cesa el paso para aquella provincia. El cual paso es muy necesario ”41.
En el año 1562, el tratado de Paz -reseñado más arriba- significó que el virrey otorgara en encomienda los atacameños, a Juan Velázquez Altamirano42. Se sabe entonces, que esta autoridad española influenció la zona entre 1557 a 1591 y será el prototipo - a escala regional- “del español que une sus deberes administrativos con los comerciales”, es decir como encomendero y hombre de negocios43. El padre Francisco Bocos Cardenas, atestigua que:
“Velázquez ocupa “muchos indios de la mar” de cobija, haciendo que los Atacamas trasladen el pescado hasta Chiu-Chiu y Potosí (28 a 30 leguas), que en el presente año les han sacado aun más pescados, que no se los pagaban, y si los indios lo venden, debe ser al precio que Velázquez impone. También afirma que los Atacamas alimentan a Velázquez, el que no les paga por ello y que ocupa un gran número de indios en su casa impidiendo así que estos acudan a recibir doctrina”44.
Esta fuente demuestra las irregularidades de los métodos y actividades de Velázquez, contraviniendo la petición del virrey Hurtado de Mendoza quien le entregara la mitad de los indios existentes en el “valle de Atacama” o “provincia de Atacama” en encomienda, advirtiéndole de no exigir tributos excesivos, además de solicitarle que,
“... los trate bien y procure su conservación y multiplicación y amparo y defensa y los haga doctrinar en las cosas de nuestra santa fe catolica ley natural e buena policia y sy en ello algun descuydo tovieredes cargue sobre su conciencia y no de la de su magestad e mia “45.
Pero a su vez, también indica que tempranamente los españoles diferenciaron a las poblaciones del interior de Atacama y a los grupos costeros; incluso en la encomienda otorgada a Velásquez Altamirano, queda suscrita la distinción cuando se le entregó “la mitad del repartimiento de yndios de la dicha prouincia [de Atacama] (...) y ansi mismo uos encomiendo los yndios que estan en el puerto del dicho ualle de Atacama (...)”46.
El tráfico de pescado reseñado más arriba, será una de las primeras manifestaciones de la arriería colonial, porque el tráfico caravanero de los productos marinos se incorporó tempranamente en los circuitos mercantiles47, tal como queda de manifiesto con las acciones de Velázquez. Así, la población de Atacama en el siglo XVI, transitará desde el tráfico caravanero tradicional al arrieraje colonial. La integración de esta actividad a sus estrategias andinas, les permitirá reproducir sus patrones de movilidad, circulación de una variedad de recursos locales, y continuidad en los circuitos de tráfico interregional48.
Respecto de la población de la provincia de Atacama, no se disponen de datos certeros; sin embargo, se han sugerido desde unos 700 hombres de guerra -que multiplicado por cinco miembros que conforma aproximadamente una familia, serían 3.500 habitantes- en el año 1535, unos 1.000 indios sólo en el Pukara de San Pedro de Atacama -1540- a 2.000 indios en 1581, los cuales se encontraban en una zona bastante extensa49; por lo que provocó un gran impacto las reducciones toledanas. El virrey entonces, hace de las reducciones el eje de su política indígena50. El proceso reduccional se desarrolló como un intento de transformación del orden espacial indígena por un nuevo orden que posibilitaría la implementación del proyecto hispano en sus dimensiones de control cultural, económico y político. La base programática de la reducción se resume en la siguiente frase de Francisco de Toledo: “para deprender a ser cristianos, tienen [los indios] primero necesidad de saber ser hombres y que se les introduzca el gobierno y modelo de vivir político y razonable”.
De este modo sobresalen los criterios europeos ligados a un concepto de vida urbana, porque lo que se quería transmitir era la cualidad de la policía que implicaba un conjunto de comportamientos relacionados con conceptos europeos de vida civilizada -hábitos de vestimenta, higiene, etc.-51.
Pero por sobre todo implicaba vida urbana, bajo una forma de gobierno legítima, o sea, vida en ‘república’. Para que los indios estuviesen en policía era necesario que viviesen en pueblos según el modelo colonial -pueblos nucleados, con organismos municipales, y con calles y plazas trazadas según el modelo del damero- de manera que estuviesen “... sus repúblicas fundadas y se gobiernen entre sí, dándoles ordenanzas y manera de vivir”52.
Al menos en Chiuchiu y Toconao, hubo un proceso reduccional. Este modelo formal de organización urbanística, confrontó dos formas de percibir, organizar y significar el espacio: indígena e hispana. Asimismo, la reducción se organizó para crear una visibilidad general ya que el damero permitía una vigilancia visual o panóptica, que posibilitaría la erradicación de ciertas prácticas proscritas como contrarias a la policía y a la cristiandad. Además, la organización urbanística buscaba controlar y encauzar la circulación de la población según rutas que convergían en el conjunto iglesia-plaza-atrio, fomentando una evangelización verbal y visual53. En cada pueblo junto a un cacique que gobernaba a los indígenas -descendiente de los gobernantes prehispánicos-, se creaba un cabildo -consejo municipal-. Vivían dependientes de los productos de la tierra, empero bajo los efectos negativos de la guerra, flujos migracionales y los colapsos biológicos derivados de las nuevas enfermedades, por lo que la población debió disminuir en un número importante54. Sin embargo, a pesar de la presión colonial, la estructura de los ayllos no se derrumbó con la conquista.
Finalmente, este territorio fue penetrado y transitado, pero no sometido sino hasta fines del siglo XVI. En tal sentido, se considera un caso de “conquista retardada” en la periferia árida del Perú, Charcas y Chile55.
Tal como se advirtió páginas atrás, en algún momento del siglo XVII, el empleo del nombre “Atacama” como propio de los nacidos en ese corregimiento colonial, se consolida en la documentación colonial. Los atacamas constituían un grupo étnico que habitaba un territorio cuyos centros eran las dos hoyas hidrográficas de la región. Ocupaban de preferencia los oasis de altura, las quebradas y algunos sitios de la puna56. Atacama La Baja del Siglo XVII presentaba un escenario de multietnicidad (Ver Mapa Nº 7).
El corregimiento de Atacama fue dividido administrativamente en dos sectores con sus respectivas doctrinas: Atacama la Baja y Atacama la Alta. En el año 1611 ya se mencionaban estas dos parroquias, la primera se ubicaba en la cuenca del río Loa y su centro político y económico era San Francisco de Chiuchiu, y la segunda, en la hoya hidrográfica del salar de Atacama con San Pedro de Atacama como cabecera57 (Ver Mapa Nº 8).
El Duque de La Palata Melchor Navarro, decidió realizar un censo general que incluyera también a las provincias no afectas a la mita, como era el caso de Atacama. En 1683 se ordenó el levantamiento del censo de población, cuyo propósito “... fue numerar a los indígenas en su lugar actual de residencia para obligar a los forasteros a compartir el peso de la carga fiscal con los originarios”58. Este padrón permitió reconstruir un panorama de la dispersión de la población a través de las siguientes categorías: “1) tributarios presentes; 2) tributarios ausentes que pagan tasas; 3) tributarios ausentes que van y vienen; 4) tributarios ausentes que no se sabe dónde residen y son los únicos que no pagan tasas”59. De todo ello, se desprendió que un alto número de atacameños -de los tributarios de Atacama la Alta-, vivía fuera de Atacama en ese año -sur Bolivia, noroeste argentino-, sin embargo continuaban pagando su tasa tributaria al cacique de su ayllu60. Esto quiere decir que la mitad de la población masculina adulta, mujeres y familias se encontraba en territorios distantes de sus núcleos de origen, en lugares que correspondían a la jurisdicción de otros corregimientos y por tanto, a territorios en los cuales también estaban presentes otras unidades étnicas. Así se registraron desplazamientos, permanentes o transitorios, de originarios de Atacama a Chichas, Lípez, Tucumán y Tarapacá, “... lo que permite percibir la magnitud e importancia de estas áreas como zonas de atracción y de interdigitación interétnica61”.
Hacia fines del siglo XVII, en el corregimiento de Atacama se visualiza un proceso de dispersión y movilidad de la población, “... cuyas motivaciones parecen corresponder en sus líneas centrales con la presión económica monetaria, pero que en su estructura formal conserva muchos resabios de la tradición prehispánica...”62.
El siglo XVII será el tiempo en donde se van a consolidar las políticas del dominio colonial en la vida material y espiritual andina, y que después se irradiarán en el próximo siglo. La actividad eclesiástica se delineó en este territorio desde 1536 hasta fines del siglo XVII y durante la segunda mitad del mismo, se llevó a cabo un fuerte proceso de extirpación de idolatrías. A través de este proceso, se pretendió eliminar las creencias, símbolos e ídolos, entre los cuales y más conocidos en Atacama eran Sotar Condi -deidad regional y en los pueblos, Quma Quma de Chiuchiu, Socomba de Aiquina, Sintalasna de Caspana63. De este modo, la erradicación de idolatrías y la demostración de las verdades del cristianismo, fueron los dos puntales sobre los que descansa toda la obra de cristianización en estos territorios.
Por mandato del Arzobispado de La Plata, año 1641, Francisco Otal fue nombrado vicario y juez eclesiástico “... para la extirpación y castigo de las ydolatrias y supersticiones que ay entre los indios de la prouincia de atacama...”; y este clérigo realizó sus actividades tanto en la costa como en las tierras altas64:
“... y Procediendo en la d[ich]a causa a hallado auer más de mill y quinientos indios e indias que acompañado con otro sacerdote que se llama don Joseph Caro de Mundaça los an todos confesado Porque todas las confeciones que an hecho de muchos años a esta parte an ssido nulas y les ha cogido todos los ydolos que tenian que son desde el tiempo del inga Los quales a rremitido a su señoria ilustrísima d[ic]ho señor arçobispo e ba procediendo a castigar a los que son cabeças de todos estos ydolatras procurando estirpar de todo la d[ic]ha idolatría...65”.
Para Otal, las idolatrías eran el culto a los cerros, ídolos, lugares donde se practicaban las ceremonias indígenas, y un tipo de ritual que incluía fuego y objetos de ofrenda. Asimismo, los idólatras fueron los especialistas en el ritual sacrificial y todos aquellos que participaron de cualquier modo en este culto. También aquellos
que dieron indicios de creer en alguna de estas costumbres, realizadas en cuevas o casas. Teniendo en cuenta esto, entonces se evangeliza primero extirpando las idolatrías ejemplarmente66.
“Es casi una certeza la suposición de que sus acciones punitivas fueron noticias de amplia y profunda repercusión en un nivel macroregional; provocaron que la población nativa practicara aún más ocultamente sus costumbres. Al mismo tiempo, los indígenas fueron construyendo su propia religión andina con elementos de la cristiandad67.”
Se ha planteado la tesis de la “doble articulación”, que significa que los miembros del mundo andino conservaron sus cultos ancestrales y se vincularon con las autoridades coloniales -y luego estatales-, por medio del culto católico tradicional68.
En la segunda mitad del siglo XVII, la administración eclesiástica colonial aumenta significativamente el clero secular en el virreinato del Perú. También dentro de su actividad evangelizadora, toma a su cargo la educación, salud de la población y de manera más sistemática los registros de nacimiento, matrimonios y defunciones69. A fines de la misma centuria, la castellana era la lengua franca en el área, pero al mismo tiempo, las lenguas originarias estaban lejos de caer en desuso70.
2.1. Transformaciones en el siglo XVIII
En el siglo XVIII -bajo el contexto del despotismo ilustrado- el corregidor Francisco de Argumaniz puso en práctica en Atacama un proceso de cambios dirigidos a extirpar la lengua kunza. Rasgos importantes de la tradición atacameña, como su lengua y el control de los recursos lejanos, tendieron a desarticularse en este tiempo. La situación de predominancia del kunza sobre el español a mediados del siglo XVIII, se convirtió posteriormente, en la paridad kunza-español, donde comenzó a predominar la lengua castellana. El aniquilamiento de la lengua atacameña se acentuó después de mediados del siglo XVIII, al menos en los pueblos principales del corregimiento de Atacama. De este modo, hacia 1777 la situación lingüística varió considerablemente71.
Bajo la administración del General Francisco de Argumaniz Fernández, se fundaron en 1777 las escuelas más tempranas o antiguas de la región. Así, los maestros de Toconao y San Pedro de Atacama, eran indígenas “civilizados” (sic), instruidos y ladinos en el idioma castellano, practicándose la instrucción escolar en la casa de cabildo, ya que en esos tiempos, la escuela no tenía aún una estructura independiente72. A través de esa ordenanza, surgió uno de los agentes transformadores más “eficientes”, así a los niños se les tenía completa prohibición de hablar la lengua kunza, ya sea entre ellos o con sus padres. Toda esta imposición escolar afectó a una generación de niños en San Pedro, Toconao y seguramente en Chiuchiu, puesto que amplió la castellanización y, a la vez, disminuyó el prestigio de su lengua materna, debido también a las amenazas de castigos -pecuniarios o físicos- para quien la hablase. La implantación de la instrucción escolar refleja muy bien el despotismo ilustrado del siglo XVIII, donde la escuela resultó una eficiente práctica dirigida a extirpar esta lengua atacameña73. En una carta al virrey del Perú, Argumaniz señalaba esforzarse en “... la sivilizacion de aquella inculta gente en quien aun perseveran muchos efectos de la barbarie...”; “... se les prohibía a los niños beber bebidas alcohólicas, tener conversaciones indecentes y jurar con ofensa a Dios. Se les estimulaba a tener barrida y aseada la escuela, rezar el ‘Bendito’, besar las manos de sus padres, asistir y ayudar en las misas...”74.
El panorama de comienzos del siglo XVIII en el corregimiento de Atacama, acentuaba el despoblamiento local que se desplazaba dentro de su territorio y al otro lado de los Andes -territorios de la actual Argentina y Bolivia, por ejemplo-. Al parecer, esta situación de dispersión de la población, motivada por el régimen mercantilista colonial, entró en crisis durante el siglo, donde incluso algunos fueron considerados bajo la categoría fiscal de forasteros. Más tarde -1750-, el cobro del tributo hizo crisis por la confusión en identificar cuáles eran los territorios “originales” de donde debían recibir el beneficio; asimismo, varios caciques se vieron presionados por los corregidores para cumplir dicha empresa de cobro. Como un ejemplo de lo intolerable que se tornaron las exigencias que debían sufrir los caciques: “... En Chiu-Chiu, Antonio Bernardo Echeverría, viudo de 33 años, con 4 hijos huyó a Copiapó por haberlo elegido de cacique, arrojó el padrón y se fue...”. De este modo, como era difícil cobrar los tributos se recurrió a la violencia y con ello los pobladores huían de Atacama75.
Un caso interesante de apropiación de los recursos y control político de las comunidades atacameñas, fue practicado por el Corregidor de Atacama Manuel Fernández Valdivieso -también a mediados del siglo XVIII-, en tanto obligaba a los indígenas a la aceptación del reparto de mercaderías, la venta a precios irrisorios de sus propios productos, la usurpación de sus tierras y minas.
“Como ingreso, este corregidor no sólo recibía el reparto, sino que forzaba a los indígenas a que le vendieran a él, a precios mucho más bajos de los que se obtenían en San Pedro y en Salta, los cueros y lanas de animales; entregaba lana a las mujeres para que le tejieran ponchos que vendía en Potosí; obligaba a la comunidad para que trabajaran en tierras agrícolas a su favor, le cuidaran su ganado y trabajaran en el servicio de su casa. Aplicaba multas por cualquier motivo y llegó hasta a apropiarse de una mina de oro indígena en Loaros76”.
Con el fin de impedir que los indígenas recurrieran a la Real Audiencia de La Plata
-empero igualmente lo hicieron años más tarde- para denunciar los abusos despóticos, el corregidor aplicó una estrategia destinada a desviar las acusaciones y dirigirlas hacia los propios indígenas. En consecuencia, el corregidor acusó a algunos curanderos de Atacama de brujería y hechicería, y de este modo, las tácticas punitivas desplegadas en el disciplinamiento y transformación de los mismos, justificaban las acciones del corregidor77.
Con ello hubo una manipulación que vinculó la acusación de brujería a curanderos de Atacama y el control de las comunidades indígenas atacameñas, ejercida por dispositivos coloniales hispanos e indígenas. Es decir que, con identificar y relacionar al curandero con las prácticas de brujerías, se establece el poder de una representación ideológica que se extendió -al menos entre su población y sus autoridades locales- en la región de Atacama hasta el siglo XVIII; sobre todo si se considera que hacia 1749 esta representación fue manipulada para lograr un control más efectivo y sujeción sobre los indígenas. Como los maleficios representaban delitos y desviaciones del esquema de dominación colonial en la medida que suponían un pacto con el demonio, fue precisamente esta desviación la que legitimó la racionalidad de las tácticas punitivas que utilizó el Corregidor78.
La presión económica que afectaba a los indígenas con el reparto de mercancías, abusos y factores ideológicos, hizo que estos se fueran polarizando; se produjeron fugas de atacameños frente a estas presiones del régimen opresor a fines del siglo XVIII. En consecuencia, la gestión de los corregidores españoles derivó en una serie de disturbios políticos y administrativos. La etapa que se extiende entre los años 1749 y 1757, es un período que da cuenta de las primeras inestabilidades políticas; entre 1758 y 1774, existe un silencio documental; y hacia 1770 se sitúa la mayor agitación que culmina con la rebelión de 1781, tupacamarista y catarista en Atacama79.
2.2. Los movimientos de resistencia
Esta zona, entonces, estará marcada por el surgimiento de varias rebeliones. En el año 1775, en el pueblo minero de Incahuasi se inicia la protesta contra del Corregidor Francisco de Argumaniz -en estamentos de comerciantes y mineros españoles-. Un año después se creó el Virreinato del Río de la Plata- donde quedó comprendida Atacama- y estableció un crítico reajuste administrativo porque esta nueva dependencia de Atacama dificultaba los trámites administrativos, entrabándose una serie de operaciones que perjudicaron aún más a las comunidades locales80.
En consecuencia, a fines de 1780 los efectos de la sublevación general indígena que se había iniciado en Chayanta por las acciones de Tomás Catari y que después de su muerte el 5 de Enero de 1781 se fundió con el movimiento de Tupac Amaru iniciado en Tinta el 4 de Noviembre de 1780, provocaban una agitación de tal naturaleza que el corregidor de Atacama no se atrevía a cobrar el tributo ni a emprender una nueva revisita81.
La figura de Tupac Amaru, da inicio a la rebelión más grande del período colonial, que se extenderá desde el centro del Perú hasta el noroeste argentino, y por el sur hasta San Pedro de Atacama; rebelión que estuvo motivada por el desmesurado abuso, obligaciones y opresiones de atacameños de Atacama y Chiuchiu. Dentro de este contexto aparece la figura del líder Tomás Paniri, con cargo de Cacique y Alcalde Capitán General del movimiento insurreccional, quien difundía el legado de Tupac Amaru. Nacido en Ayquina, afianzaba la acción libertaria a través del dominio de todas las lenguas andinas regionales, incluyendo la de los españoles, el castellano. Fue un experimentado caravanero de pescado seco desde Cobija al altiplano, y poseía un acabado conocimiento de sus gentes, la geografía y del rol opresor que mantenían los corregidores82.
Paniri ejerció una fuerte influencia política en el territorio aymará de los Chichas y no sería extraño que su apellido representara algún valor mítico-religioso, por cuanto uno de los volcanes de la región atacameña lleva ese mismo nombre desde la antigüedad83.
El caudillo Paniri designó sus capitanes de la milicia indígena siguiendo el modo español. Habían sublevado incluso aquellas localidades como Chiu-Chiu en donde existía una firme resistencia española frente a estos acontecimientos. (...) Todos los intentos de duda sobre el origen de su poder eran aplacados por el caudillo, recordando que al otro lado de la cordillera había 2.000 indios en armas. Él mismo solía presentarse ante las autoridades religiosas con sable al cinto y su honda terciada en bandolera. Por un lado, el sable representaba la rebeldía india al exhibir un arma prohibida, y la honda como un signo del poder de la antigua resistencia indígena84.
El entusiasmo provocado entre los partidarios de Paniri, se reflejó en las acciones emprendidas por sus capitanes en Calama -Juan Zandon y Pasqual Nieves- quienes mandaron a las españolas que residían en ese pueblo y alrededores: “... Se pusiesen en traje de Indias con Urcos y Alpargatas para quando viniesen su capitan General Thomas Paniri y que de lo contrario morirían sin remedio produciendo que ya no había Dios a quien apelar ni María Santísima a quien interceder... ”85. A través de este discurso se denota el rechazo a la religión católica, reflejando el pensamiento de un sector de la población indígena: “... Siendo el traje un símbolo de una situación étnica y social, la imposición del urco o anako representaba para las españolas y mestizas una humillación, pero con ello crecía el prestigio de lo indígena...”86.
Sin embargo, la contraresistencia fue organizada precisamente en Chiu-Chiu por el sacerdote Alejo Pinto, logrando que toda la región de Atacama la Baja volviera a ser leal a la Corona, sustentada por una organización militar que buscaba recuperar la región de San Pedro de Atacama; asimismo el rol de este sacerdote de Chiuchiu será crucial en la sofocación de la re